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Por Gustavo Morales. Ramiro Ledesma es el hombre de acción fascista español de los años treinta con una mejor preparación intelectual, visible en una amplia y permanente colaboración en los medios de pensamiento más prestigiosos y vanguardistas de su tiempo. Cuando conoció su muerte, José Ortega y Gasset declaró que no habían matado a un hombre sino a todo un entendimiento. Las siguientes líneas destacan un intelectual con formación en Matemáticas y Filosofía, que colabora en las revistas más brillantes de su tiempo, escribe ensayos y alguna novela. Un hombre de la cultura a quien su tiempo llevó a la política activa dejando atrás una brillante carrera académica.Desde ese punto de vista, sorprende la escasa teorización del pensamiento jonsista del que Ledesma Ramos es el factotum. La explicación está en la afirmación rotunda de actualidad que realiza Ramiro Ledesma, donde la presencia en el presente mediante la acción directa es el fundamento político del nacional-sindicalismo. Sumamos los avatares azarosos de la vida en la República, que asesinó a Ramiro Ledesma, por lo que su vida política va de 1931 a 1936.Recuerdo en estas líneas la hostilidad de Ledesma hacia los programas y las constituciones por buscar dar un marco rígido apriorístico a todo lo vivo sobre la base del racionalismo, hijo del Siglo de las Luces. Esta lucha contra el sistema, que gobierna sobre «caos, convulsión [y] ruina»{1}, se realiza bajo la bandera de lo nacional como espacio de la solidaridad. En esa tarea de creación de un nuevo tiempo, la juventud ocupa el lugar protagonista. Ledesma no añora el pasado ni filosofa sobre el futuro, vive el presente y en su acción política, corta como su existencia, apuesta la vida y la pierde. Todos los héroes son jóvenes y bellos. Ramiro cree en la liberación de la juventud, tarea violenta, heroica, que se realiza con la liberación nacional de España y la liberación social del pueblo español. Y esta tarea no se colma en libros y teorías sino en hechos que se visten de ideología.Contra los intelectuales, los programas y las constitucionesRamiro Ledesma es hostil a la especulación, no sólo en política, y a los avatares electorales que entregan el Estado y sus guías rectores al partido electoral victorioso. De hecho, ninguno de los grupos fascistas españoles de los años 30 del siglo XX usa en su nombre la palabra partido por el rechazo al modelo parlamentario capitalista. Sinónimos de partido: dividido, separado, fragmentado, descompuesto. Usan términos que expresan unidad como junta, falange, movimiento. En cambio, el culto al partido y a la personalidad del líder sí brilla más en los casos de las facciones fascistizadas de la derecha, es visible en Calvo Sotelo y en Gil Robles, más cómico Albiñana.Dentro del parlamentarismo, algunos defienden la legitimidad que podrían recibir en los márgenes del sistema si se votasen a los programas y no a las campañas de imagen. Son émulos de Julio Anguita: programa, programa, programa.Ledesma abomina de los programas. «Al intelectual se le escapa la actualidad y vive en perpetuo vaivén de futuro. De ahí eso de los programas, elegante medio de bordear los precipicios inmediatos.»{2} Ramiro Ledesma reclama la actualidad, enfrentar «los precipicios inmediatos» que los programas no encaran en aras siempre a un hipotético mañana tan común al parlamentarismo como al marxismo que se escudan tras las cifras para no compartir el dolor humano. Los intelectuales evitan la realidad porque el presente es hacer mientras el futuro se colma simplemente con decir. Los programas colman la necesidad de hechos con palabras. «Es falso que las cosas en política admitan espera»{3} escribe Ledesma en ¿Fascismo en España?Mussolini había arremetido también contra los programas: «El fascismo no es una iglesia, sino más bien una situación. No es un partido, sino un movimiento. No tiene un programa que desarrollar para los tiempos futuros, por la sencilla razón de que el fascismo construye día a día el edificio de su voluntad y de su pasión.»{4} Sin dogmática, sin nomenclatura, incorporando a las masas a la tarea de exaltación nacional y revolucionaria. Presencia en el presente.Ledesma se mantiene en una permanente y rabiosa actualidad, beligerante contra el encuadramiento de los programas, abierto a las influencias del sindicalismo revolucionario y hostil a sacrificar generaciones en pos de un «mañana mejor». Ramiro escribe en el mismo artículo: «No de ideas objetivas, esto es, no de pequeños orbes divinos, sino de hechos y de hombres, es de lo que se nutren las realidades políticas.» Ledesma acusa a los programas de eludir las soluciones en el presente y dejarlo todo para el «vaivén de futuro» promesa siempre por cumplir de los «pequeños orbes divinos», ese grupo de palabras vestidas de ideas que son los programas. Y las palabras no son nada cuando el papel lo soporta todo. Termina Ledesma: «Primero es la acción, el hecho. Después, su justificación teórica, su ropaje ideológico.» Esta idea la encontramos en Benito Mussolini{5} cuando abandona el Partido Socialista Italiano. Antes la había desarrollado el francés G. Sorel a quien Ramiro Ledesma y Benito Mussolini citan directamente en sus escritos. Ese activismo radical de Mussolini es esencial en su figura: revolucionario, fuera de la ley, asiduo de cárcel y exilio. Lenin escribe con motivo de su elección: «La entrada de Benito Mussolini en el nuevo equipo dirigente del PSI muestra que éste toma finalmente el buen camino.»{6}Dos años antes, y no hablando de política sino enfocando un tema de ciencia: el postdarwinismo, había manifestado Ramiro Ledesma, en las páginas de La Gaceta Literaria, una opinión similar en la esencia: «Pretender aplicar a las ciencias naturales un patrón filosófico a priori, que no puede tener otra validez que la de satisfacer nuestro insobornable afán de ordenación y estructura, no parece tampoco muy fecundo.»{7} La crítica de Ledesma no incide contra el afán de ordenación y estructura que él comparte y transmite cuando escribe: «La transformación social que propugnamos busca precisamente la organización y la solidaridad de los españoles.»{8} Ramiro Ledesma golpea la construcción teórica que antecede a la observación de la realidad, no contra «la organización» ni la «ordenación» que él comparte. La tentación en la ciencia es retorcer los hechos para la validación de una hipótesis cuando la observación debe preceder al análisis y al planteamiento teórico, describe Sorel. Ledesma amplia sus diatribas a los programas y las constituciones porque adolecen de algo parecido: buscar encajar los hechos sociales, toda la realidad posible, la vida de cada persona, en sus rígidos modelos teóricos políticos que devienen en burocracia real y monopolio del poder. El cientifismo y el racionalismo pretenden mostrar una utopía para ocultar el presente.Ledesma arremete contra los racionalistas y contra las constituciones como contra los programas: «Nace el Estado liberal cuando triunfaba en Europa la cultura <racionalista>. Una Constitución es ante todo un producto racional, que se nutre de ese peculiar optimismo que caracteriza a todo racionalista: el estar seguro de la eficacia y el dominio sobre toda realidad posible, de los productos de su mente.»{9}
Ledesma sabe lo que es ser un intelectual, lo es y junto a los maestros de su tiempo. Traduce filosofía alemana, también recibe influencias del nacional sindicalismo francés e italiano que preceden al español. «La deuda de La Conquista del Estado con el sindicalismo revolucionario puede verse en la publicación del artículo de Hubert Lagardelle», señala Jorge Lombardero{10}. Una vía sin explorar porque los hechos llevaron a la división y la guerra de Europa en dos bandos, donde las democracias se alinean con los bolcheviques.
1931 es el año en que Ledesma abandona las filas de los intelectuales para pasar a la de los hombres de acción: «Entiendo por hombre de acción, en contraposición al intelectual, aquel que se sumerge en las realidades del mundo, en ellas mismas, y opera con el material humano tal y como éste es{11}. Política, en su mejor acepción, es el haz de hechos que unos hombres eminentes proyectan sobre un pueblo.»{12} Ledesma no defiende aquí un hombre nuevo, común al mito bolchevique y nazi por no citar religiones. Ledesma defiende la necesidad de trabajar con las personas tal como son. El concepto de la política es platónico en el gobierno de la meritocracia. Pero Ledesma subraya de nuevo: «el haz de hechos.»Critica, con sorprendente vigencia aún, el modelo electoral que prima la profesionalización partidista de los políticos: «El tremendo defecto de que adolece el sistema demoliberal de elección es que el auténtico político, el hombre de acción, queda eliminado de los éxitos. En su lugar, los intelectuales –y de ellos los más ramplones y mediocres, como son los abogados– se encaraman en los puestos directivos.» Estas palabras no facilitarán su relación con los abogados. Continua Ledesma: «El intelectual es cobarde y elude con retórica la necesidad de conceder audiencia diaria al material humano auténtico, el hombre que sufre, el soldado que triunfa, el acaparador, el rebelde, el pusilánime, el enfermo, o bien la fábrica, las quiebras, el campo, la guerra.» Esta lejanía del poder con respecto a la realidad del pueblo les lleva a fabricarse un reflejo del mundo a su satisfacción. Alguna manifestación de esta ausencia de la realidad se conoce como el síndrome de La Moncloa.Ledesma es consciente del paso que da al dejar atrás su tarea individual por su destino de hombre de acción y así lo escribe Ramiro sobre sí mismo en tercera persona tras el pseudónimo de Roberto Lanzas: «La actividad periodística y política de Ledesma supuso para él el abandono radical de su actividad anterior, cuando se le abrían por ese camino las mejores perspectivas académicas.»{13} Ha elegido en el cruce de caminos lo azaroso, lo actual; dejando a un lado de forma consciente un brillante futuro académico. En aquel momento también había algún cicatero y breve apoyo económico.{14} Ledesma renuncia a la vida de filósofo y ensayista porque «el intelectual es refractario al compromiso verdadero. Es el hombre que especula, que temporiza, que vaticina (...) formula los problemas pero se va sin resolverlos».{15} Supera las tentaciones de una carrera académica, la comodidad erudita de la torre de marfil del intelectual.
Sin embargo, por el mismo año que Ledesma critica duramente la presencia política de los intelectuales escribe en La Gaceta Literaria, entre otros, un análisis sobre Kierkegaard. En él enjuicia Ledesma cómo «a comienzos del siglo XIX, los sistemas de filosofía estaban demasiado orientados hacia un sentido de enciclopedia y totalidad para dejar al margen sector alguno de cuestiones. Así se renovó la tradicional vena teológica.» El cambio de siglo y la llegada del pensador Kierkegaard abrieron una ventana en un ambiente cerrado. Aunque en desacuerdo a la postre, Ledesma elogia la obra del pensador danés sobre la angustia porque supone otro enfoque de la filosofía que ha venido precedido a España por el sentido trágico de la vida de Unamuno.{16} Ledesma admira el personalismo de Miguel de Unamuno y la subjetividad de Sören Kierkegaard pero no comparte sus perspectivas.La objetividad del estudio va dejando paso a la subjetividad de la acción política en la mente y en la vida cotidiana de Ramiro Ledesma aunque el análisis del pensador, su capacidad de relacionar y la actuación del político conviven hasta su muerte. En la primera mitad del siglo pasado Ledesma profetizó hace casi setenta años: «El proceso de descomposición de la unidad, la etapa desmembradora, trae consigo sospechas terribles, en cuanto que su triunfo en España convertiría la península en zona balcanizada, con provecho evidentísimo de alguien y definitivo arrinconamiento de España como poder europeo.»{17} Su vigencia y actualidad no necesitan comentarios.En su actividad intelectual, hace referencia al krausismo en España, escribe Ramiro Ledesma: «Hace unos sesenta años irrumpió en nuestro país un grupo admirable de señores que, entre otras cosas de rango elevadísimo, trajo aquí una filosofía. (...) Hoy el krausismo no es nada.{18} Para nosotros –jóvenes– es algo horrible y monstruoso. La filosofía contemporánea se encuentra muy lejos de los recintos aquellos. Los krausistas españoles tienen valor, no por krausistas, sino por filósofos, porque su tónica, su actitud intelectual fue la adecuada y correcta del espíritu filosófico.»{19} Ledesma afirma que ese pensamiento le parece monstruoso «hoy» y aclara que por ser «jóvenes». La juventud no es sólo la tendencia a la acción sino un punto desde donde enjuiciar el pensamiento. «Juventudes de vida española», afirma el himno de las JONS.
JuventudLa actualidad del hecho y la respuesta de la acción se sustentan sobre la juventud que es el instrumento del cambio revolucionario nacional. «Ha llegado otra vez la fortuna de arriesgarse» pide a los jóvenes la canción jonsista, y el marco de la rebelión se realiza «sobre un mundo cobarde y avaro, sin justicia, belleza ni Dios».Con esos parámetros, Ramiro Ledesma no asume el concepto de clase de Marx ni comparte la unción por los programas. Ledesma precede a Marcuse en su definición de la juventud, en especial los estudiantes, como nueva generación revolucionaria en tanto que actúa. José María de Areilza, que conocía a Ledesma desde el otoño de 1931, atestigua: «Confiaba en los jóvenes. Creía que a ellos –estudiantes y obreros– había de dirigirse especialmente el esfuerzo de captación.»{20} Aún de diferente extracción social, los jóvenes buscan un mundo nuevo, quieren construir sus propias estructuras, llevan un mundo nuevo en sus corazones. «No pensamos contribuir a vigorizar otras consignas que las creadas por nosotros mismos. Y aludimos, al hablar así, a los esfuerzos que la generación española más joven hace ya, y hará cada día con más brío, por encontrar el camino de su propia liberación y el de la liberación nacional del país entero.»{21} Es una afirmación de independencia frente a culturas foráneas pero también ante otras capas de la población desmovilizadas, una generación que busca «su propia liberación» y la «nacional». ¿Cuál es esta liberación como generación? En el número dos de La Conquista del Estado, Ramiro Ledesma escribe: «Buscamos equipos militantes, sin hipocresías frente al fusil (...) que derrumben la armazón burguesa y anacrónica.» De las palabras a los hechos.Ramiro lanza un mito movilizador heroico. El trabajador toma el papel del guerrero en la idea de Sorel, y a través de los sindicatos genera una nueva sociedad que surge del choque contra el viejo mundo. Ledesma busca movilizar a la juventud española en pos de esa tarea y critica a la revolución de las izquierdas partir de la revancha y obviar el valor nacional. La nación es el marco de referencia del pueblo, su hogar. «El nacionalismo de la clase media proporcionó una base común, unas pautas comunes y un marco de referencia común.»{22}
Acción y juventud. Ledesma recusa del mando a los hombres mayores de 45 años. El mismo no alcanzará esa edad. La experiencia hace descreídos y la fe para conquistar el pan y el imperio requiere el fanatismo entregado de la juventud. En la misma década escribe Miguel Hernández: «Sangre que no se desborda, juventud que no se atreve, ni es sangre ni es juventud ni reluce ni florece.» El culto a la juventud que renacerá en los años sesenta del siglo pasado fundamentalmente a través de la música. Pero Ledesma también tiene antecedentes en la elección de la juventud como elemento revolucionario. «El programa fundamental del futurismo sería la sustitución en las funciones dirigentes del país 'de los vejestorios' por la juventud.»{23} La exaltación de la juventud pertenece el futurismo que es anterior, incluso, al fascismo.
En esa línea, en el número dos de La Patria Libre, Ramiro analiza la formación de las juventudes en los partidos socialistas y radicales, entre los que cita a la Juventud Radical-Socialista: «Pero estas juventudes (...) alimentadas exclusivamente con elementos negativos de odio a la Patria, al rico (sin amor al humilde), a la tradición espiritual de nuestro pueblo (sin tolerancia religiosa), al Ejército (sin amor a la paz verdadera).»{24} ¿Busca Ledesma el amor al humilde, la tolerancia religiosa, el amor a la paz? Ledesma quiere a la juventud para nutrirla de amor a la España imperial, al pueblo que hay que incorporar a la Historia y no como comparsa. Ledesma quiere la tolerancia de los fuertes, la paz de los valientes y la justicia de los trabajadores.
Pan e Imperio. Ledesma lanza un mito proletario e imperial, la acción
directa es su instrumento: busca la destrucción del sistema, la
abolición de la explotación económica y la liberación nacional. Desecha
la vía parlamentaria, como es común en el sindicalismo mediterráneo
primigenio. La vinculación social de Ledesma es clara: «Pues esos
parados y esas juventudes de porvenir incierto no lo están en virtud de
una crisis transitoria y concreta, sino que son víctimas de todo un
sistema de desorganización y de insolidaridad.»{25}
Para Ledesma el sistema a combatir promueve la desorganización, divide y
vencerás. El parlamentarismo se dedica a «hacer del Estado y de la vida
nacional objeto de botín transitorio, sin fidelidad esencial a nada»{26}.
La política con mayúscula, la internacional, se hace inestable al
carecer de política de Estado y mutar ésta al capricho del gobierno de
turno. La palabra de España en el exterior pierde su garantía y el
desarrollo interior fluctúa a expensas de los cambios de gobierno.
Siendo de los más antiguos de Europa, el Estado español tiene una
política maestra, en especial la exterior, independiente de los deseos
de la figura autoritaria del momento, césar o presidente. Y la palanca del cambio, de la liberación nacional y de la suya propia, es la juventud, la generación de su tiempo.
La izquierda nacional que no llegó a serLedesma es un claro engarce con el fascismo original, la tercera lectura revisionista del socialismo que realizan revolucionarios italianos y franceses, con aportaciones rumanas. «Es interesante apuntar las relaciones que tuvo Ramiro Ledesma con los grupos inconformistas franceses de los años 30 y la influencia que ejercieron sobre su pensamiento político. Nos referimos a los contactos con los grupos de Ordre Nouveau franceses, la revista Plans y todo el círculo de intelectuales inconformistas que en esa década innovaban el mundo de la cultura y política gala.»{27} Georges Sorel y Hubert Lagardelle eran los principales sindicalistas revolucionarios. El segundo escribe en Plans en 1931: «La utopía de la democracia ha despojado al individuo de sus cualidades sensibles, reduciéndolo a la condición abstracta de 'ciudadano'.»La Conquista del Estado es una toma radical de postura, en tiempos de guerra y revolución en España, por parte de Ledesma que busca nacionalizar el sindicalismo revolucionario de la izquierda, los anarcosindicalistas de la Confederación Nacional del Trabajo y los heterodoxos comunistas que el PCE exterminó durante la Guerra Civil. «Nosotros decimos al grupo disidente de la CNT, a los treinta, al partido sindicalista que preside Ángel Pestaña, a los posibles sectores marxistas que hayan aprendido la lección de octubre, a Joaquín Maurín y a sus camaradas del bloque obrero y campesino: Romped todas las amarras con las ilusiones internacionalistas, con las ilusiones liberal-burguesas, con la libertad parlamentaria.»{28} Ledesma quiere nacionalizar el espíritu de esa militancia entregada: «el nacional-sindicalismo jonsista es el auténtico guía de las masas desorientadas (...) la redención de todo el pueblo está ligado a la conquista plena de una patria fuerte, libre y enérgica.»{29} Con la diferencia esencial de lo nacional «los planteamientos sorelianos aparecerían en las formulaciones anarcosindicalistas, lo que supuso un punto de contacto entre este movimiento y el movimiento nacionalsindicalista»{30}. Poca confusión cabía entre las posiciones ramiristas y las propias de la derecha española. El fascismo «evoluciona desde la izquierda revolucionaria, progresa introduciendo elementos nuevos y necesarios (europeísmo, patriotismo, espiritualismo)»{31}
La crítica de Ramiro Ledesma al Estado liberal se aproxima mucho a la confederal: «Su supuesta fuerza es una fuerza adventicia, de gendarmería, pero sin realidad alguna honda. Y este bagaje armado a su servicio reconoce, como señala Sorel, un origen pintoresco. Cada triunfo revolucionario demoliberal traía consigo un aumento de fuerza pública para consolidarse y una centralización –no unificación– frenética en las débiles manos de los gobiernos.»{32} Es una concepción subversiva que desvela la naturaleza represiva del Estado. Tras los tribunales, los medios de comunicación, los votos y las urnas está el monopolio de la fuerza. No es por pacifismo por lo que Ramiro rechaza ese Estado que centraliza y no une. Ledesma piensa que «el Estado liberal se asienta sobre una desconfianza y proclama una primacía monstruosa»{33}. Esa hegemonía es la del egoísmo como motor liberal, el egoísmo individual que por arte de magia liberal muta de vicio privado a virtud pública. Ledesma se une a la prensa anarcosindicalista que acusa a ese Estado de estar sustentado sencillamente por la gendarmería. Pero a diferencia de los ácratas de la Federación Anarquista Ibérica, Ledesma reclama «el Estado militante que perfila nuestro siglo»{34}. Un Estado comprometido en una misión, no un juez que dirime los conflictos entre las partes como se limitó a ser en la vida laboral italiana y española.El nacionalismo es un mar joven y revolucionario, está cambiando el mapa de Europa y lo hará en dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX. El nacionalismo es la causa distintiva que aleja a Ledesma del anarcosindicalismo; la cuestión social y su resolución por medio de los sindicatos la que los acerca. Entre esos puntos de contacto están el mito como icono movilizador y el desprecio por los pactos inherentes al Parlamento. El mito no era común. Es precisamente la elección del icono (el determinismo genético en los nazis, por ejemplo) la que puede generar fascismos hostiles entre sí. Si el mito era diferente, compartían nacionalsindicalistas y anarcosindicalistas un desprecio por los pactos que no favoreció el encuentro, a pesar de que las dos corrientes sindicalistas coincidían en el papel protagonista de «los Sindicatos, como células reales de la vida social, son la mejor garantía contra el paro, las crisis y la anarquización de la vida económica»{35}. Esta posición contra la anarquía y a favor del sentido nacional exaltado en un Estado militante hicieron imposible el concierto, aunque el problema principal fue la desigual correlación de fuerzas, donde la CNT, millonaria en asociados, consideró despreciable el impulso de unos pocos fascistas. El sindicalismo jonsista de hecho no pasó de ser una tendencia audaz. Las conversaciones con Ángel Pestaña se producen sin resultado tras su escisión de la poderosa central sindical.{36} El intento confeso de nacionalizar el espíritu revolucionario de la izquierda no marxista había fracasado. Sin embargo el nacionalismo sobrevivió a dos guerras mundiales y al socialismo real. Aquí y ahora «los partidos de izquierda en Cataluña y el País Vasco pierden la batalla desde el momento en que quieren competir en términos nacionalistas. Traicionan a sus bases populares porque las amordazan con la ideología nacionalista conservadora y dañan a toda la izquierda española»{37}.Raúl Morodo define el primer semanario de Ledesma como «un fascismo de izquierdas»{38}. Arranca del movimiento socialista revolucionario que opta pro el sindicalismo como forma de vertebración, negando la racionalidad del marxismo y elevando un nuevo mito: la nación movilizada. Es un nacionalismo popular, radical, exasperado. El izquierdismo, vieja enfermedad infantil, aún encandila a algunos de los escasos fascistas españoles de nuestro siglo aunque Ledesma deja escrito: «El izquierdismo español (...) no ha podido cumplir en nuestros días misión histórica alguna.»{39} La misión que adopta Ledesma, la misión que cita en sus escritos Julio Ruiz de Alda, es fundir en una la revolución nacional y la social{40} para que España impere. La misión es España; el contenido, el pueblo y el motor revolucionario, la juventud.Un fascista jacobinoLedesma expone en la última revista que dirigió: «Nuestra polémica va, pues, a moverse en torno a cuanto hoy afecta a los españoles de modo más profundo: la posibilidad misma de ser o no un pueblo libre, y el hallazgo de un resorte que nos abra con claridad el camino de la redención social y de la convivencia histórica.» Ledesma creía que sí, que existía esa posibilidad de ser libres. Sin mimetismos ni búsqueda de importaciones Ramiro había optado como inspiración, que no prototipo, por una de las formas en conflicto en la primera mitad del siglo XX. «El fascismo (...) es un régimen y un estilo de vida que centuplica las posibilidades de los hombres y contribuye a dignificar y engrandecer el destino social e histórico de los pueblos. Muy difícil es, por tanto, evadirse de sus influencias en las horas mismas en que andamos aquí en pugna diaria para reencontrar y robustecer el auténtico pulso nacional de España.»{41} Su presencia con camisa negra en el Ateneo de Madrid y sus escritos ratifican el entusiasmo de Ledesma por Mussolini, que se hace algo más tibio cuando los avances se demoran en Italia y el fascismo en el poder es más potencia que acto. Poco más adelante, consumada su ruptura con Falange Española, Ledesma se manifiesta más ecléctico: «Las palabras valen poco. Si esa empresa requiere que se verifique al grito de ¡Abajo el fascismo!, pues a ello»{42}, aunque aclara que, si no todos, muchos son los caminos que llevan a Roma. Los fascistas españoles no tienen la experiencia de una guerra antes de su aparición, como ocurrió en Italia o Alemania, sino después. Los principios igualitarios, de camaradería y disciplina llegan al fascismo a través de su incorporación a filas en guerras nacionales que en España tiene lugar después y es civil, no nacionalista. La influencia de Sorel asoma de nuevo: «Las palabras son hembras y los actos son machos.»{43}Juventud y acción. «Somos actuales» proclama Ramiro Ledesma desde La Conquista del Estado. Ese medio vitorea las revoluciones europeas contemporáneas, no por su corrección científica sino por la capacidad movilizadora para poner una nación en pie, igualitaria por lo nacional. Ledesma no busca la verdad del marxismo o del nacionalsocialismo en sus programas sino su potencia como instrumento revolucionario para movilizar, para actuar. Con esta perspectiva, Ledesma aplaude sin timidez desde La Conquista del Estado las revoluciones de Lenin, Mussolini y Hitler. Ernesto Giménez Caballero habla de una «comprensión italiana de Lenin» en el primer número de La Conquista del Estado. Ramiro Ledesma, en abril de 1931, pide al Gobierno español que reconozca al Gobierno soviético. Aplaude también el libro donde el marxista heterodoxo Maurín, en quien Ledesma tiene esperanzas similares a las de José Antonio Primo de Rivera con Manuel Azaña, implica a socialistas y republicanos en la Dictadura del general Primo de Rivera: «Maurín presenta como los hombres auténticos de la Dictadura a Sánchez Guerra, Cambó, Pablo Iglesias, Largo Caballero, Lerroux y Melquíades Álvarez. Para una mente simplista de pequeño burgués, esto es un solemne disparate. Para quien examine la mecánica revolucionaria desde cierta altitud y sea dueño de un ojo perspicaz, esa lista de acusaciones adquiere plenísimo sentido.»{44} El llamamiento de Ledesma se dirige a hombres, no a instituciones o grupos.Ramiro se alinea con las revoluciones, con el cambio vigoroso y fértil, como Sorel elogió la toma del poder por Lenin a pesar de que el francés detestaba a los revolucionarios profesionales. Ledesma no iguala, no hace tabla rasa de las tres revoluciones , las enaltece en cuanto tales pero las sitúa: «el partido fascista italiano y el nacional-socialismo alemán, entre los resucitadores y alentadores de la idea nacional contra la negación marxista, y el partido bolchevique ruso, como embestida ciega y catastrófica, pero con línea y espíritu peculiares de este siglo.»{45} Este carácter de actualidad, de enemigo caído en los primeros choques, de rival revolucionario no ofusca el pensamiento de Ramiro. En el número tres de La Patria Libre, Ledesma destaca que «el predominio izquierdista no equivale a preocupación honda, sincera y eficaz por las angustias sociales de todo el pueblo».Ledesma extrae su praxis de las energías revolucionarias. Opta por el sindicalismo, forma del socialismo a la que V. I. Lenin critica por espontánea, para levantar un mundo nuevo donde las masas sean las protagonistas del Estado total. «Lenin debió reinterpretar el marxismo de modo de deducir la idea de que los trabajadores –por sí solos– no se hacen socialistas, sino sindicalistas, por lo que el socialismo debía serles inculcado por intelectuales de la clase media.»{46} El sindicalismo no viene inducido por intelectuales burgueses, amigos de pactos, de constituciones y de programas. El sindicalismo es la acción directa. Ledesma quiere un sindicalismo nacional superlativo: «Una España grande será imperialista, porque su influencia cultural, económica y militar, se dejaría sentir en todo el mundo.»{47} Quien al final fue imperialista y dejó sentir su triple influencia en todo el mundo fue la Unión Soviética que construyeron los bolcheviques.Es Ramiro Ledesma casi un jacobino napoleónico. Critica a la izquierda por «no haber podido desplegar sobre España, con ardor jacobino, una bandera nacionalista, popular y exasperada»{48}. Esas tres condiciones se dan en la Francia napoleónica y también en la España que lucha por su independencia a principios del siglo XIX.Eugenio Montes acusa a Ramiro Ledesma de tener una concepción del fascismo equivalente a la Revolución Francesa cuando, en un homenaje a Giménez Caballero, Ledesma afirma: «el fascismo es en su más profundo aspecto el propósito de incorporar a la categoría de soporte o sustentación histórica del Estado Nacional a las capas populares más amplias.»{49} El concepto de patria tras la revolución francesa sustituye a la lealtad al señor natural, quien repartía sus tierras porque la integridad nacional ni existía. «Los súbditos miraban hacia arriba a un señor, mientras que los ciudadanos eran tan iguales entre sí que ninguno de ellos tenía más derechos hereditarios que los demás.»{50} La patria es el sentido de todos y cada uno de pertenencia a una comunidad, de comunión con su tierra, su historia y su cultura con sus símbolos, diferenciada de otras naciones en el marco mundial e igualitaria en lo nacional: «queremos un estado republicano, de exaltación hispánica y de estructura económica sindicalista.» El español que sueña Ledesma participa con pasión en la vida política, económica, social, cultural y militar del país. Ledesma comprueba que ese espacio para la justicia es la nación. La crítica de Ledesma al internacionalismo de la izquierda la repite años después Robert Reich en Estados Unidos: «Cuando la gente no tiene lazos nacionales, se siente poco inclinada a realizar sacrificios o aceptar la responsabilidad de sus acciones.»{51} Esa patria popular incardina al Estado en pos de coordinar el proyecto sugestivo, la misión común, Estado que toma una forma republicana por la igualdad política y sindicalista por la dignidad del trabajo. Pero Montes se equivoca, amén de la coincidencia de incorporar al pueblo a la tarea del Estado, Ledesma no es esencial y simplemente un jacobino. «Fuera de la historia, el hombre no es nada. Este es el motivo por el cual el fascismo se opone a todas las abstracciones individualistas fundadas en el materialismo del siglo XVIII. He aquí por qué se opone a todas las utopías e innovaciones jacobinas.»{52}
DifusiónLa primera cuestión es cómo hacer llegar esa voz al mayor número posible de españoles. Las afiliaciones fueron escasas, la llegada de las Juntas Castellanas de Onésimo Redondo multiplicaron por tres o cuatro los reducidos efectivos jonsistas bajo la disciplina de Ledesma; las tiradas de la prensa nacionalsindicalista fueron muy reducidas. Ledesma destaca la vinculación con los medios como activismo político, no quiere meros lectores ni en La Conquista del Estado ni en periódicos posteriores: «En una palabra, cuanto deseamos decir es que con Nuestra Revolucion no nace un simple periódico, sino una actividad en marcha, cuyo éxito y realización sólo es posible si logramos que participen en ella núcleos poderosos de españoles._ Y para llegar a ellos la política requiere poderosos medios de comunicación.» Ledesma ligaba su actividad militante al periodismo, como lo hicieron Indalecio Prieto y Santiago Carrillo. Areilza destaca: «Las ideas de Ramiro eran brillantes y bien acabadas, aunque él mismo dudaba de la viabilidad táctica de su propagación.»{53} Las tiradas de las sucesivas revistas eran muy limitadas como las finanzas.El sindicalismo jonsista de hecho no pasó de ser una tendencia audaz. Su presencia se hizo sentir más por el carácter antifascista de la izquierda que hacía especial hincapié en el exterminio de los fascistas: político en los juicios y a tiros por las calles. Stanley G. Payne cita a Ledesma cuando éste califica de fascismo puro la acción directa de los antifascistas. Ninguna otra organización política verá como sus locales son cerrados, su prensa, censurada; sus afiliados, apaleados y encarcelados en el mejor de los casos; sus principales dirigentes son asesinados.La izquierda aborreció lo hispano. Incluso muchos años después de la eliminación de Ledesma por la República, un izquierdista honesto reconoce: «Hemos considerado que era peligroso tener una identidad nacional mientras nos parecía muy democrático que existieran nacionalismos.»{54}Estas líneas acaban sin citar a Ramiro Ledesma. Hace falta un poeta, tan necesario al hombre de acción y la leyenda. Y está a la izquierda. Antonio Machado no escribió El mañana efímero pensando en Ramiro Ledesma pero sí como él, en ese momento, desde posiciones políticas distintas compartía el espíritu de regeneración de España. Ambos contra «la España de charanga y pandereta (...) que ora y bosteza». Ledesma está retratado en los siguientes versos:
(...) Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.{55} -
De todos es conocido que la masonería ha estado y está detrás de todas
los desastres acaecidos en España durante casi los últimos tres siglos.
Sólo durante los gobiernos del General Franco pasaron algunos apuros
después de aprobarse la ley para la Represión de la Masonería y el
Comunismo, que ni de lejos consiguió acabar con la lacra que han
supuesto los “discretos” para la nación española. No se trata de
ridículos figurantes con ritos más o menos histriónicos, con delantales y
escuadras, de cara a la galería, sino de renegados cuya única misión en
la vida es acabar con los fundamentos del alma hispana, a saber, la
cruz y la espada, principio y fin de España como comunidad de destino.
Para ello se enquistan en todos los centros de poder sin definirse como
tales, desde las sombras, como los ladrones. Tan necesario sería
extirparla de nuestra Patria como lo fue en épocas anteriores. Dos
ejemplos sucesivos en el tiempo: En primer lugar el artículo firmado por
Ramiro de Maeztu titulado “La Masonería” publicado a propósito de la
presentación en Cortes por parte del diputado republicano conservador D.
Dionisio Cano López para declarar incompatibles masonería y Milicia en
febrero de 1935.
Cuando escribo esta cuartilla no sé si una proposición de “no ha lugar a deliberar” habrá ahogado el debate de la de Cano López; pero es seguro que en el porvenir próximo hemos de discutir los españoles la masonería tanto, por lo menos, como lo están controvertiendo los franceses. Para ellos, a la postre, la masonería es cosa del país. Para nosotros es exótica, ¿podemos confiar los destinos nacionales agentes que deben obediencia a sectas misteriosas y extranjeras? Esta es la cuestión. D. Miguel de Unamuno se ha pasado varios años burlándose de las gentes que creen en el poder de los masones, los judíos o los jesuitas. Con el mismo fundamento ha podido mofarse de los que temen las fiebres tifoideas o las bronco-neumonías. Que la masonería es la organización mundial de la revolución es una de las cosas mejor sabidas de la historia moderna. Que fue la causa eficiente de la Revolución Francesa es proposición en la que coinciden masones y sus enemigos. Abro el Diccionario político de Herre y Jagow, el mejor que conozco, y me encuentro que eran masones Mirabeau, Marat, Petio, Danton, Brissot, Robespierre, Gregoire; es decir, todos los notables de la Revolución Francesa. Abro un libro racionalista, pero veraz, como la historia del Poder y Secreto de los Jesuítas, por René Fulop-Miller, y me dice que casi todos los hombres de la Enciclopedia eran también masones: Montesquieu, d’Alambert, Diderot, La Mettrie, Helvetius, La Chalotais, Voltaire. Y en la página siguiente, que todos aquellos aristócratas de distintos países, que constituyeron aquella “Internacional Patricia”, de que habló nuestro malogrado y llorado Basterra; todos los hombres que expulsaron a la Compañía de Jesús de los pueblos de Europa: Choiseul, Pombal, Aranda, Du Tillot, Kaunitz y Van Swieten, todos ellos eran también masones. La historia de estos dos siglos es la de la lucha entre jesuitas y masones por la guía espiritual del mundo. En los Estados Unidos han sido masones desde Washington, Jefferson y Franklin hasta Roosevelt (el otro), Wilson y Lansing. La revolución de Portugal y la del Brasil fueron masónicas. En Italia se iniciaron Mazzini y Garibaldi, Crispi, Depretis, Salandra, Sonnino, Giolitti y d’Annunzio. Sabemos también que en el Congreso masónico de París, de 1889, se profetizó solemnemente que “pronto vendrá el día en que las monarquías y la religiones se hundirán en el polvo”. También sabemos que en todos los países está la masonería al servicio de la raza de Israel. Lo que no sabemos ahora es si las mentalidades que dirigen la masonería han acordado precipitar la revolución comunista en el mundo o hacer alto, en espera de mejor ocasión. Nosotros no lo sabemos. Lo saben ellos. Y esto es lo intolerable.
Ramiro de Maeztu, español ejemplar, conocería la respuesta un año y medio después cuando la chusma roja azuzada por la masonería lo asesinaría en Aravaca el 29 de octubre del 36. Una semana antes del asesinato de Ramiro de Maeztu junto a Ramiro Ledesma hizo la masonería la siguiente declaración pública: Es tradición, propósito y norma de la masonería laborar por el progreso humano y por la realización de la fraternidad universal, base y objeto de su doctrina y guía de su conducta. En esta labor ha encontrado siempre la oposición de la casta clerical y los jesuitas, quienes no hallaban nunca nada censurable en la irreprochable conducta y doctrina masónicas, no repararon nunca en difamar y calumniar en el grado más monstruosamente imaginable a la Masonería y sus componentes. Esta no ha contestado nunca a esas difamaciones y calumnias. Bastó la conciencia de una conducta limpia y la fortaleza que da la pureza de sus principios para dejar que se debatieran en el vacío sus calumniadores. Es, sin embargo, la actual situación de España tan excepcional y trágica, que nos consideramos obligados a romper el silencio habitual. No sólo para afirmar nuestra actitud, sino para responder a insinuaciones maliciosas que en este momento deben quedar enteramente desvanecidas. La masonería española está entera total y absolutamente con el Frente Popular, al lado del Gobierno legal y contra el fascismo. Esta declaración no se funda en hechos circunstanciales, sino en la ideología permanente de la orden masónica. Defensora de los principios de Libertad, Igualdad, Fraternidad y Justicia, trabajando siempre por establecer las bases de una familia universal, está de acuerdo con los máximos avances del progreso social, económico y político. Está en contra de la intolerancia, de la explotación del hombre por el hombre, de la injusticia; está en contra del acaparamiento del acaparamiento del capital, del acaparamiento de los medios de producción, de los grandes terratenientes; está en contra de la holgazanería a que lleva la riqueza heredada; está en contra del clero dominador e intolerante y acaparador de riquezas materiales; está en contra del militarismo entrometido en la política y constituido en casta dominadora; está en contra de todo privilegio y toda ventaja que no provenga del trabajo, la inteligencia, el esfuerzo y el mérito personal, siempre que todo esto se haga en benficio colectivo. Dan fe de esta declaración, que es inalterable y no tiene la más mínima concesión a la situación actual, sino que fue la doctrina masónica de ayer, es la de hoy y será la de mañana, los masones sacrificados por la reacción en los tiempos pasados y los muchísimos que han sido ahora asesinados por los fascistas. Dan fe de ello los numerosísimos masones que están en todos los frentes de batalla, defendiendo al pueblo y al gobierno legal con las armas en la mano; los muchos que ya han rendido el tributo de su vida a la causa que defiende el verdadero pueblo español; los muchos que están en situaciones dirigentes de la defensa nacional, en puestos militares, políticos y de trabajo y organización. Dan fe de nuestra actual declaración los aviadores masones, los marinos masones, los militares masones, que desde el comienzo de la rebelión fascista se pusieron al lado del gobierno legal e hicieron posible la defensa y la derrota total que entre todos estamos preparando al fascismo criminal. Son traidores a la masonería los que así no obren al mismo tiempo que lo son para la madre España, República de Trabajadores; y por esto precisamente, si no fuera por las demás razones, por no admitir los masones más título ciudadano respetable que el de trabajador, estamos al lado, dentro y en defensa de la República y del Frente Popular. Y los discretos se envalentonaron y se declararon conmilitones de los asesinos de 7000 religiosos y de decenas de miles de españoles cuyo pecado fue creer en Dios y en España en lugar de venderse a potencias extranjeras y a esa patochada del Gran Arquitecto. Hoy campan a sus anchas, hoy han vencido y tenemos la España de la Libertad, Igualdad, Fraternidad y Justicia que se traducen en miseria, dictadura por la que se puede ir a la cárcel por el hecho de editar libros, la desigualdad más oprobiosa que hemos conocido y profundamente dividida. Pero la masonería reina… -
Con motivo del
LXXX aniversario del asesinato de José Antonio Primo de Rivera
(1903-1936), y con el objeto de repensar, conocer y difundir la obra y
doctrina del fundador de Falange Española, desde el Foro Historia en
Libertad hemos pedido su colaboración a una serie de filósofos,
historiadores, periodistas, profesores… En días sucesivos publicaremos
estas aportaciones cuya calidad no dudamos estará a la altura del
homenaje merecido por el hombre que las ha suscitado.
JORGE GARRIDO SAN ROMÁN (Barrios-Los Corrales de Buelna, Santander) en 1974. Licenciado en Derecho y Abogado en ejercicio en Madrid. Ex militar (en activo de 1994 a 2006) actualmente en excedencia voluntaria, accedió por oposición a la Administración General del Estado como empleado público, trabajo que compagina actualmente con el ejercicio de la abogacía (especialmente en el ámbito laboral y sindical). Preside desde el 1 de mayo de 2008 el sindicato “Unión Nacional de Trabajadores” (UNT), además de la asociación “Foro Social Manuel Mateo”. También es Vicesecretario General de “Falange Española de las JONS” desde junio de 2005. Entre abril de 1995 y septiembre de 1996 presidió el “Sindicato Español Universitario” (SEU). Miembro fundador de la asociación “Milenio Azul”, ha sido colaborador de diversos medios de comunicación, habiendo sido subdirector de los programas de Radio Intercontinental “La Ballena Alegre” (2006-2008) y “La Piel de Toro” (2007-2008). Aunque ha escrito varios libros (“El Estado Nacionalsindicalista”, “Juventud y Educación”, etc.), sólo ha publicado uno: “Manifiesto Sindicalista” (Madrid, 2007, aunque escrito en 2001).
El 20 de noviembre de 2016 se cumplieron 80 años del asesinato de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española y principal teórico del Nacionalsindicalismo, efeméride que bien puede servir de ocasión propicia para la reflexión y el análisis del pensamiento del líder falangista, así como de su vigencia o no ocho décadas después.
La fecha histórica del 29 de octubre de 1933, día de celebración del histórico acto público en el Teatro de la Comedia que daría lugar a la fundación de Falange Española, marca inevitablemente el arranque de una ideología cuyos primeros pasos, empero, se pusieron ya en marzo de 1931 (antes de la proclamación de la II República) con la creación de la publicación “La Conquista del Estado” (germen de las futuras JONS –Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista– tras la unión con el grupo vallisoletano de Onésimo Redondo, las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica) por parte de un grupo de jóvenes encabezados por Ramiro Ledesma Ramos. Fue éste el verdadero precursor y fue en ese año de 1931 cuando se funda formalmente el Nacionalsindicalismo, aunque en realidad sus formulaciones iniciales eran más declaraciones de intenciones y esbozos de programas que un sistema completo de pensamiento, que una ideología plenamente desarrollada, desarrollo que sólo se produjo de forma parcial e insuficiente, pero al menos con una visión mucho más completa y obedeciendo a una filosofía más definida y sistemática, en la época de Falange Española de las JONS, con José Antonio Primo de Rivera, gracias al riguroso esfuerzo intelectual y a la enorme capacidad de comprensión y síntesis de éste. Y si eso era así en términos generales, aún lo fue más en materia económica, razón por la cual resulta tan difícil, por no decir que imposible, abordar un tema como el de la economía nacionalsindicalista sin suscitar ciertas polémicas, fruto del escaso desarrollo doctrinal de la materia a lo largo de estos 83 años (u 85, según se compute).
Para empezar hay que reconocer que la teoría económica nacionalsindicalista fue simplemente esbozada en la época fundacional, con la notable excepción de la temática agraria, que era muy importante en aquélla época y que por ello mereció cierta atención por parte de las JONS primero (especialmente a causa del interés de Onésimo Redondo en Valladolid, donde fue muy importante su labor en el sindicato remolachero) y más aún por FEJONS después, siendo muy grande el empeño que el propio José Antonio puso en esta materia, tanto por su propia importancia económica y social para España, como por la estrategia de expansión política impulsada por él (José Antonio apostaba por priorizar los esfuerzos políticos falangistas en el ámbito rural –basta con repasar la lista de lugares donde pronunció sus discursos para comprobarlo–, por considerarlo moralmente más sano y útil que el ámbito urbano para regenerar España –lo que obligaba a prestar especial atención a los problemas específicos agrarios–, mientras que Ramiro Ledesma consideraba que dichos esfuerzos debían concentrarse en las grandes ciudades y, especialmente, en las masas obreras entonces dominadas por el marxismo).
Aunque en un primer momento José Antonio no dio mucha importancia a los problemas agrarios (como demuestra el hecho de que no haya una sola referencia a ellos en los “Puntos Iniciales” de Falange Española –ver “FE”, núm.1, 7 de diciembre de 1933–), a medida que perfiló su estrategia de penetración política en las zonas rurales y tomó conciencia de la verdadera necesidad de realizar una reforma agraria profunda en España, diseñó un programa muy detallado y ambicioso que, aun muy resumido en la “Norma Programática de Falange Española de las JONS” (noviembre de 1934), ocupa nada menos que casi la cuarta parte del programa político de la organización (6 de los 27 puntos: del 17 al 22), centrándose básicamente en los siguientes aspectos: establecimiento de un precio mínimo remunerador para los productos agrarios a fin de garantizar su rentabilidad comercial, creación de un Crédito Agrícola Nacional para evitar la usura y el caciquismo, difusión de la enseñanza agrícola y pecuaria, reordenación de la dedicación de las tierras por razón de sus condiciones y de la posible colocación de los productos, política arancelaria en sentido proteccionista, incremento de las obras hidráulicas, racionalización de las unidades de cultivo, redistribución de las tierras con propiedades familiares y con sindicación de labores, política de colonización de nuevas tierras cultivables y abandono de las estériles para bosque, repoblación ganadera y forestal, expropiación de tierras adquiridas ilegítimamente y reconstrucción de los patrimonios comunales de los pueblos.
El paso del tiempo ha modificado sustancialmente el agro español, en unos casos para bien (políticas hidráulicas, de colonización de algunas nuevas zonas cultivables y de concentración parcelaria principalmente, realizadas en las décadas de los años 40 a 70 del pasado siglo) y en otros para mal, a causa fundamentalmente del ingreso de España en la Unión Europea (ausencia de precios mínimos y reducción de aranceles proteccionistas que están dificultando enormemente la supervivencia de las pequeñas y medianas explotaciones a causa de la competencia internacional, supervivencia de los agricultores y ganaderos hoy sólo posible de forma artificial a base de subvenciones como las de la Política Agraria Común de la UE, que sirven para compensar el hecho de estar haciendo imposible la forma de vida agraria por sí misma). A ello hay que añadir nuevas problemáticas como la de los productos genéticamente modificados (que ofrecen una mayor productividad a cambio de una enorme dependencia de las mismas empresas que los suministran y que son normalmente las dueñas de las patentes genéticas por las que nuestros agricultores han de pagar considerables “royaltys”) y la proliferación de pesticidas de última generación (normalmente también generadores de dependencia, haciendo prácticamente imposible prescindir de su utilización sin perder una mínima rentabilidad).
En definitiva, puede decirse que en materia agraria y ganadera el contexto de la economía española ha variado sustancialmente desde 1934, lo que hace que el programa presentado entonces no pueda considerarse tal cual plenamente vigente en nuestros días. Empero, ello no significa necesariamente que dicho programa –dejando a un lado algunas propuestas muy concretas– sea inaplicable en sí mismo, sino que lo es si no se modifica el contexto económico actual (la pertenencia de España a la UE y los tratados de libre comercio de los que somos –o pronto seremos– parte impiden muchas de ellas –piénsese en el precio mínimo remunerador o en la política arancelaria proteccionista–, de forma que para implementarlas sería preciso abandonar la UE y renunciar a los tratados de libre comercio).
No obstante, esa aparente falta de vigencia del pensamiento de José Antonio en materia agraria y ganadera realmente no lo es tanto si se plantea desde dos perspectivas distintas. La primera, la del aspecto ideológico. Es decir, analizando no tanto el programa entonces plateado en cuanto conjunto de propuestas concretas, sino como plasmación programática de una serie de principios económicos que chocan con los actualmente vigentes: proteccionismo, producción familiar, explotaciones de ámbito local e intervención –que no dirección– del mercado agropecuario. En este sentido los ciclos históricos demuestran que nada es irreversible, por lo que no todo lo que la mentalidad de una época considera superado en realidad lo está, y eso sucede, sin ir más lejos, con procesos que hasta no hace tanto parecían indiscutibles, como el de la mundialización, de forma que parecía tratarse de un proceso irreversible hacia un único mercado mundial sin fronteras ni aranceles proteccionistas, donde los tratados de libre comercio serían la única norma reguladora –paradójicamente para desregular– y donde las políticas proteccionistas (como las que defendía José Antonio) pasarían a ser reliquias del pasado condenadas a la extinción. Sin embargo es imposible, a estas alturas del siglo XXI, ignorar que ese proceso empieza a ser cuestionado gracias a la creciente influencia de movimientos políticos y sociales de todo tipo, en muchos aspectos distintos y hasta muy distantes entre sí, que coinciden en reclamar una vuelta a las soberanías nacionales, a la revalorización de las fronteras frente al mundialismo, a la relocalización de la producción y distribución, a la producción ecológica y natural, a la productividad basada en el crecimiento sostenido y hasta en el decrecimiento, a la economía real, etc. Todo esto no sólo afecta al mundo agrario y ganadero, sino a la economía en general, haciendo que lo que parecían propuestas desfasadas y anacrónicas hace unos pocos años, vuelvan ahora a cobrar cada vez más actualidad y vigencia.
La segunda perspectiva que permite percibir la vigencia del pensamiento agrario de José Antonio es la de la posibilidad de aplicación o no de la mayoría de las propuestas concretas formuladas en 1934 o de su actualización al presente sin perder fidelidad a los principios anteriores. Así, una vez que se reconoce que cada vez son más fuertes las tendencias o principios anteriores en nuestro momento histórico actual, no es difícil concluir que muchas propuestas concretas de las formuladas en 1934 pueden ser perfectamente aplicables hoy, una vez actualizadas debidamente, al nuevo contexto que permite que vuelvan a tener vigencia los principios que los inspiran. Es el caso de las políticas arancelarias o de precio mínimo remunerador (fuertemente condicionadas por los tratados de libre comercio y de la Organización Mundial del Comercio), mientras que otras como las de repoblación forestal o de enseñanza agrícola y pecuaria siempre van a ser actuales por no depender tanto del contexto de cada momento histórico.
Dejando a un lado los temas agrarios y ganaderos, antes de entrar en la cuestión económico-financiera e industrial, conviene hacer alguna referencia al grado de desarrollo doctrinal de FE-JONS en 1936 en lo que a estos aspectos se refiere, y en este sentido es importante constatar la evolución que se produce desde el pensamiento inicial de Ramiro Ledesma hasta el de José Antonio Primo de Rivera en 1936 (en el primero no hay una evolución significativa, mientras que la del segundo fue muy importante). O lo que es lo mismo, desde una concepción del Sindicato como órgano del Estado en el sentido de “sindicato estatal”, a una concepción nominalmente igual pero con un contenido más próximo a la idea de “Estado sindical”. Porque aunque los términos utilizados fueran idénticos, el contenido fue variando con el tiempo, y eso se ve claramente en los textos referidos al papel que había de tener el Sindicato en “La Conquista del Estado” por un lado, y en los discursos y conferencias de José Antonio desde 1935 principalmente. Pero no todo es tan simple, porque concepciones tan revolucionarias como las que sostiene José Antonio en su conferencia en el Círculo de la Unión Mercantil o en Cine Madrid tienen precedentes tan claros como el del artículo que publica “La Conquista del Estado” en su último número contra el sistema monetario basado en el interés (y firmado nada menos que por Gottfried Feder…).
Así pues, en 1936 nos encontramos con una doctrina económica, el Nacionalsindicalismo, que sólo puede decirse que está relativamente desarrollada en materia agraria, pero que tiene aspectos tan importantes como el del sindicalismo o el del sistema financiero que sólo están apuntados (el Sindicato como agrupación de todos los trabajadores, obreros y patronos; propiedad sindical de las empresas de cierto tamaño; respeto a la propiedad privada cuando se trate de bienes con finalidad individual; políticas contrarias al rentismo y al interés en general; nacionalización de la banca –y no sólo del crédito–; etc.). Pero claro, si ya de por sí resulta una contrariedad que estos principios no estén suficientemente desarrollados (lo que supone posibilidades diversas de desarrollo, incluso partiendo de la asunción de los mismos principios), peor aún resulta constatar que hay aspectos tan importantes como los monetarios que ni siquiera merecieron la atención de unos fundadores que, las cosas como son, ya tenían bastante con alzar y mantener alzada la bandera en una época tan convulsa (y en la que vivieron poco tiempo, muriendo además a edades muy tempranas). Lo cierto es que, a la vista de los acontecimientos, resulta sorprendente que encontraran tiempo para estudiar y proponer cosas tan interesantes y profundas como las que desarrolla José Antonio en el Círculo de la Unión Mercantil. Sin duda se trataba de personas de una gran capacidad, inteligencia y talento, cualidades que ya no se encuentran entre los políticos de la España de hoy, donde sólo los mediocres y los miserables triunfan por serlo, y es así como obtienen el reconocimiento que jamás obtendrían por su escasa valía.
Antes de entrar en el programa económico concreto propugnado por José Antonio Primo de Rivera, creo que es conveniente mencionar que hay una idea muy importante resaltada por él y que con el tiempo ha ido ganando en actualidad: es necesario distinguir al empresario del capitalista (aunque muchas veces la misma persona realice ambas funciones), pues el empresario no es sino un trabajador más de la empresa cuya función es la de la dirección empresarial, mientras que el capitalista es el propietario del capital, el que obtiene unas rentas (dividendos) no por su trabajo ni por su aportación de valor añadido, sino únicamente por el hecho de ser el titular del instrumento técnico de dominación (el capital, las acciones). De aquí se deduce que, dentro de la unidad de la empresa, el empresario y el obrero tienen un interés común, y quien les enfrenta, quien fuerza una situación de intereses opuestos (la llamada “lucha de clases”), es el capitalista que exige al empresario (o se obliga así mismo cuando se trata de la misma persona) ver a los obreros como un mero factor de la producción, y no como la parte humana de la misma. Ello suponía que, para José Antonio, eran los capitalistas y usureros de la banca y las finanzas los únicos y verdaderos enemigos no sólo de los obreros, sino también de los empresarios. Es decir, una vez distinguido al capitalista del empresario, el enemigo del empresario no era el obrero, sino el capitalista, por lo que obreros y empresarios tenían en realidad un enemigo común: el capitalismo. Evidentemente, semejante conclusión era inaceptable no sólo para el pensamiento marxista de la época –pues desarticulaba el discurso de la necesidad de la lucha de clases–, sino también para la mayoría de las doctrinas conservadoras y liberales (quizá con la rara excepción de alguna minoritaria que insistía en la necesidad de la mayor cantidad posible de oferentes para el mejor funcionamiento del mercado libre, viendo en las propiedades capitalistas grandes y medianas un problema porque alteraban el funcionamiento equilibrado del mismo, por lo que había que extender las leyes “anti trusts” lo más posible; así podemos ver en nuestros días al reciente Premio Nobel de Economía, Olivert Hart, defendiendo la tendencia a sustituir el modelo retributivo del salariado por el reparto de la propiedad de las empresas con los trabajadores).
En esta línea, y mostrando la enorme actualidad de ese planteamiento joseantoniano expuesto magistralmente en la conferencia que pronunciara el fundador de Falange Española en el Círculo de la Unión Mercantil, Manuel Funes Robert, economista keynesiano español fallecido no hace mucho, escribía en “elmanifiesto.com” el 8 de abril de 2008:
“(…) José Antonio vislumbra lo que yo he llamado lucha de clases en el siglo XXI, proclamando la inadvertida unidad entre obreros y empresarios, mucho antes de que la globalización reforzara aquella tesis con la aparición de la tercera clase, a cuyo estudio he dedicado muchos años.
La lección de economía de José Antonio que podemos obtener de la famosa y poco difundida conferencia es que nos ha permitido llegar a una definición concreta de un fenómeno del que todos hablan y rara vez concretan: el capitalismo. La aparición del capital constante es ciertamente lo nuevo del fenómeno, pues si siempre se empleó capital, la manera como se presenta en la etapa capitalista es económicamente distinta y políticamente decisiva. El capital constante es la constante del proceso capitalista. Y por su cuantía, sin precedentes en la Historia, crea la separación de clases, ya que son pocos los que pueden acumular a título privado semejante factor. Y al ser insensible ese capital constante a las oscilaciones de la coyuntura, siembra por paradoja las causas de las crisis capitalistas y la necesidad de anular y absorber a todo el sistema productivo anterior con su secuela de explotación del artesanado.
De forma y manera que el capital constante crea el proletariado destruyendo el artesanado. Esta magnifica lección de economía hecha por un joven de 32 años que no era economista hubiera evitado y todavía podría evitar en las facultades de Economía la fatigosa búsqueda de autores y textos para no llegar nunca o casi nunca al fondo del tema del capitalismo, como llegó en 1935 José Antonio.”
Pero es indudable que el pensamiento económico de José Antonio, pese a ser muy riguroso y coherente, y pese a poner el dedo en la llaga de aspectos tan importantes y de tanta actualidad en el siglo XXI, necesitaba ser desarrollado, pues en apenas dos años de frenética actividad política era imposible hacerlo. El primero en adentrarse en el desarrollo doctrinal del Nacionalsindicalismo fue José Luis de Arrese, autor de libros tan fundamentales como “La revolución social del nacionalsindicalismo” y “Capitalismo, comunismo, cristianismo”, libros de obligada lectura y análisis para quienes quieran estudiar la evolución y los intentos de desarrollo doctrinal del Nacionalsindicalismo en materia económica, pero que pese a sus buenas intenciones y sus ortodoxos puntos de partida, acaban sosteniendo una fórmula mixta en la que subsiste la relación bilateral de trabajo (posición jurídico-económica dominante del que da trabajo frente al que alquila el suyo) claramente denunciada por José Antonio Primo de Rivera. Es importante aclarar, pues, que la obra de José Luis de Arrese sienta unas bases perfectamente correctas e incluso más amplias que las de la época fundacional (por ejemplo en el tema de la superación del sistema de salariado), dado que estudia aspectos inéditos hasta el momento en trabajos, artículos o discursos de los fundadores. Pero las circunstancias históricas debieron pesar demasiado como para llevarle a unas conclusiones plenamente coherentes con ellas y que, inevitablemente, llevarían a una situación incompatible con la realidad económica de un régimen que no estaba dispuesto a realizar plenamente la Revolución Nacionalsindicalista y acabar con la relación bilateral de trabajo y con el sistema monetario basado en el interés. Eso era demasiado y Arrese no osó nunca cruzar esa raya (aunque sí se atrevió en diversas ocasiones a apuntar en esa dirección en algunos de sus discursos), y esto es algo que no puede olvidarse a la hora de estudiar la obra de Arrese.
Otros intentos de abordar el tema, como el de Pascual Marín Pérez y su libro “El nacionalsindicalismo español y la doctrina social de la Iglesia”, o el de Dionisio Martín Sanz (especialmente con su libro “La economía de la productividad ilumina el futuro”) han dado resultados aún peores al tratar de equiparar el modelo económico franquista con el nacionalsindicalista, llegándose a afirmar que el capitalista es un trabajador más, afirmación ésta que nada tiene que ver con el falangismo. Incluso un defensor tan decidido del modelo franquista como Carlos Iglesias Selgas, en su libro “El sindicalismo español”, reconocía que “las fuerzas en presencia no consentían una revolución social de inspiración sindicalista en la forma en que había sido concebida, en la última fase de su vida, por José Antonio Primo de Rivera. El “non nato” sindicalismo vertical se convirtió en un sistema de asociación profesional de base corporativa” y que “la Organización Sindical es, pues, un organismo o institución de colaboración. Otra cosa, muy distinta, es que en el pensamiento de quienes la fundaron latiera implícita la aspiración a convertirla en instrumento de una transformación social, cosa que compartimos muchos y que está implícita en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, que, particularmente en la última etapa de su vida, aspiró a una auténtica revolución social que, por circunstancias comprensibles, no se ha llegado a realizar”.
No es momento aún de discutir lo “comprensibles” de tales circunstancias, pero por lo menos Carlos Iglesias sí sabe distinguir, y por ello no merece la pena entrar en el análisis detallado de las ideas desarrolladas por unos “francofalangistas” que se empeñaban cuadrar el círculo con esfuerzos necesariamente contradictorios e infructuosos. Sólo el principio relacionista del trabajo (principio nacionalsindicalista que daba más importancia y trascendencia jurídica a la naturaleza de la relación de trabajo que al contrato o la falta del mismo, algo contrario a la tradición jurídica romana que primaba la autonomía de la voluntad y que siempre había impregnado el derecho español, especialmente el civil y el mercantil) puede decirse que tuvo un reflejo claro en la legislación social de la época e incluso que ha permanecido hasta la actualidad, pese a la ofensiva neoliberal que pretende desterrarlo definitivamente de nuestro Derecho Laboral (“las partes han de ser libres para establecer el vínculo entre sí que les dé la gana y sin que nadie más tenga por qué intervenir”, suelen decirnos quienes serían capaces de aceptar incluso la esclavitud en tales casos…).
En cualquier caso, como apunta Carlos Iglesias, el papel que el Sindicato (unitario y vertical) debía tener en la economía nacional era fundamental para José Antonio. Pero no se trataba de disciplinar a los obreros por parte del Estado utilizando para ello al Sindicato como instrumento (que, a fin de cuentas, es lo que sería un “sindicato estatal”), sino de hacer realidad el principio de la democracia orgánica que dice que cada persona debe tener capacidad para discutir y decidir directamente en los ámbitos en los que es competente y tiene interés directo (frente a la democracia inorgánica liberal que teóricamente da ese derecho a todos y en todos los ámbitos –aunque no se sea competente ni se tenga interés directo en la materia–, si bien luego, ante la imposibilidad de materializar esa participación de forma efectiva, se ve obligada a recurrir al instrumento de las elecciones generales y referendos ocasionales, sin democracia directa alguna). Para José Antonio el Sindicato (al que obligatoriamente debían pertenecer todos los trabajadores, igual que los abogados deben estar colegiados para poder ejercer su profesión) era el instrumento idóneo de participación del trabajador en el mundo laboral (especialmente –aunque no sólo– en el ámbito del Sindicato de Empresa, que sería el titular de los medios de producción de forma similar a lo que sucede con las empresas cooperativas –sólo que inserto en una estructura sindical más compleja que incluiría mecanismos propios de financiación empresarial, investigación, servicios sociales para los trabajadores, etc.), y además el Sindicato debía ser órgano autónomo (no independiente) del Estado; esa autonomía incluiría capacidad de decisión en el ámbito económico-laboral, de forma que sus decisiones en el ámbito de sus competencias tendrían la autoridad de decisiones del Estado (por eso se habla de “Estado sindical”). Y no sólo eso: en el Parlamento nacional debería respetarse un porcentaje de representación sindical (forma de encauzar la representación directa de los trabajadores sin necesidad de partidos políticos), como también de otros cuerpos intermedios (no sólo la familia, el municipio y el sindicato, como esquemática y resumidamente decía –sin por ello tratarse de una lista cerrada–).
Evidentemente, en una economía liberal-capitalista de libre mercado es inaceptable que el Sindicato pueda asumir un papel económico como el propugnado por José Antonio Primo de Rivera, pero no debe olvidase que el fundador de Falange Española quería desmontar el sistema económico capitalista. Es decir, su propuesta es necesariamente para otro contexto. Por tanto la vigencia de sus propuestas va necesariamente unida a la viabilidad de la alternativa económica global que proponía, y fuera de las frases hechas y de los manidos tópicos que algunos gustan repetir incansablemente (incluyendo una serie de supuestos males terribles, casi apocalípticos, que acompañarían a determinadas medidas, aunque no se sepa explicar muy bien por qué), no hay ninguna razón técnica que demuestre que esos planteamientos pudieran ser inviables (¿quién no ha escuchado, por ejemplo, la sempiterna crítica de la supuesta inviabilidad de nacionalizar la banca antes de que la crisis económica obligara a hacer nacionalizaciones masivas de bancos en todo el mundo?; eso sí, lo que decían que era inviable en una situación económica normal ha terminado siendo la única salida en los momentos de crisis, sólo que con la perversa intención de nacionalizar la banca en crisis para sanearla con dinero público y reprivatizarla después, cuando vuelva a ser rentable, lo que demuestra claramente la falsedad de las afirmaciones acerca de la supuesta inviabilidad de una banca nacional). No son viables algunas de sus propuestas de más calado con las actuales reglas del juego, eso es evidente –exactamente igual que sucedía en 1935–, pero podrían serlo perfectamente en otro sistema económico diferente, siendo esa precisamente la tarea que corresponde afrontar a los defensores de las ideas económicas de José Antonio Primo de Rivera, que somos quienes estamos llamados a encargarnos de ese necesario desarrollo teórico.
Las aportaciones más interesantes al desarrollo doctrinal de la economía nacionalsindicalista se hicieron en las famosas charlas de “La ballena alegre”, organizadas principalmente por Ceferino Maestú y Narciso Perales en el invierno de 1964, y, ya en la década de los 90, en diversos artículos de la revista “No importa” (antes de FEI y después de FEJONS).
Respecto a FE-JONS, el I Congreso Ideológico de 1987 no profundizó prácticamente nada en el tema, e incluso ha servido para introducir no pocas polémicas fruto de imprecisiones y ambigüedades que debieron evitarse, por lo que los trabajos más interesantes, aunque poco profundos, en realidad han sido los publicados en las publicaciones periódicas: “Arriba los valores hispánicos”, “Libertad”, “En línea alternativa”, “Nosotros”, “Milenio Azul” y “No importa”. Las conclusiones del I Congreso Ideológico de FEJONS resultaron tan decepcionantes y contradictorias que estuvieron lejos de satisfacer adecuadamente la necesaria actualización y el no menos necesario desarrollo doctrinal falangista, al contrario de lo sucedido con el magnífico trabajo realizado por la Junta Política de FEJONS, que vio la luz en mayo de 2014, titulado “Pedimos y queremos”, aunque lo cierto es que se trata más bien de un programa a corto y medio plazo que de un desarrollo doctrinal profundo.
Por su importancia para el futuro desarrollo doctrinal del Nacionalsindicalismo también conviene mencionar la tendencia actual de muchos economistas interesantes (ajenos al Nacionalsindicalismo, pero cuyos estudios y trabajos pueden sernos de una gran utilidad) en el sentido de buscar alternativas al capitalismo o a aspectos esenciales del mismo. En este sentido son interesantes las aportaciones de los “socioeconomistas” –aunque su anticapitalismo es cuando menos discutible– (Amitai Etzioni, José Pérez Adán, etc.), de los partidarios de la “Democracia Económica” (David Schweickart, Luis de Sebastián, etc.), de los partidarios del “Orden Económico Natural” –es decir, de la abolición del interés– (Yoshito Otani y Margrit Kennedy han sido quienes han hecho algunas de las últimas aportaciones actualizadas a las teorías de Silvio Gesell y Gottfried Feder), de los defensores del “decrecentismo” (Serge Latouche, Carlos Taibo), y otros muchos, entre los que quiero destacar especialmente al Permio Nobel de Economía del año 2016, Olivert Hart, quien ha obtenido el citado premio por sus interesantes y profundos estudios sobre la mayor eficiencia económica de los modelos de relación laboral que sustituyen el sistema de salariado por el de participación del trabajador en la propiedad de la empresa (algo que forma parte esencial de la concepción nacionalsindicalista de la empresa). Pero aunque todos estos economistas resulten interesantes en alguno aspectos para el desarrollo doctrinal de los aspectos económicos del Nacionalsindicalismo, hay que tener en cuenta las disfunciones que suelen provocar quienes buscan completar y desarrollar las ideas nacionalsindicalistas partiendo de principios distintos y el “efecto parche” que se produce en tales casos. De ello se deduce que aún en el siglo XXI seguirá siendo fundamental para el Nacionalsindicalismo seguir muy estrechamente el desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia, fuente indiscutible de inspiración de esta ideología y sin cuyo conocimiento no puede entenderse la filosofía que lo impregna, aunque obviamente se trate de cosas distintas (el Nacionalsindicalismo se inspira en ella y es plenamente compatible con ella, pero no sería de ninguna manera correcto identificar a la Doctrina Social de la Iglesia con el Nacionalsindicalismo, una aspiración imposible de la que sólo se empeñan en presumir algunos pretenciosos).
Ante la falta de un desarrollo más ambicioso y para intentar dar un paso en esa dirección, se publicó en 2007 el libro “Manifiesto sindicalista” por parte del autor de este artículo, último intento y primero del siglo XXI más o menos profundo de desarrollo doctrinal de la economía nacionalsindicalista, donde se ha intentado sistematizarlo todo de la forma más coherente posible y desde la más pura ortodoxia nacionalsindicalista pero, como ya he apuntado, son tantos los aspectos que requerían una mayor profundización –o incluso una teorización completa, como es el caso del sistema monetario–, que las innovaciones han sido ciertamente numerosas.
En cualquier caso, la actualización del pensamiento económico falangista expuesto por José Antonio Primo de Rivera ha de girar necesariamente en torno a tres aspectos:
En primer lugar, intentando que las innovaciones no lo sean del todo a fin de ser coherentes, es decir, que en los tiempos fundacionales ya se hubiera apuntado algo en ese sentido, aunque no se le hubiera prestado entonces la atención necesaria. Tal es el caso, por ejemplo, del sistema monetario libre de intereses. José Antonio lo apuntó implícitamente cuando analizó la esencia del capitalismo en su magnífica conferencia en el Círculo Mercantil, pero mucho antes en “La Conquista del Estado” Ramiro Ledesma Ramos ya había publicado el interesante artículo de Gottfried Feder –ya mencionado anteriormente– sobre el mismo tema.
En segundo lugar, procurando que las innovaciones sean consecuencias necesarias –o al menos lógicas y coherentes– de una serie de principios o propuestas económicas de ortodoxia probada. En este sentido, por ejemplo, no creo que pueda considerarse heterodoxa una propuesta de cancelación de la obligación de pagar una renta por la vivienda en situaciones similares a las que la Falange fundacional contempló en el caso de la tierra (en casos de necesidad y como medida de urgencia hasta que se pueda hacer la reforma necesaria que acabe con el problema). Pero ello tampoco significa que no pueda haber otras soluciones perfectamente ortodoxas, por supuesto.
Finalmente, no puede evitarse que haya alguna innovación sin apoyatura clara en la ortodoxia fundacional, pues la complejidad de la economía actual está muy lejos de la de los años 30 del siglo XX. En tales casos habría de procurarse que las aportaciones se ajusten plenamente a los principios básicos del Nacionalsindicalismo propugnados por José Antonio y que no contradigan a ninguno de ellos. Claro que este criterio también es perfectamente compatible con soluciones distintas a un mismo problema, por lo que las alternativas posibles pueden ser varias.
Pero, ¿qué aspectos del pensamiento económico de José Antonio Primo de Rivera, el Nacionalsindicalismo, siguen vigentes en nuestros días? Para responder a esa pregunta conviene recordar, si quiera sea resumidamente, los principios básicos de su pensamiento en esa materia: la sindicalización de la economía nacional (pero no sobre la base del actual sindicalismo de clase, sino a través de un sindicalismo unitario y vertical); que sean los propios trabajadores, a través de los Sindicatos unitarios y verticales, los propietarios de los bienes de producción de las medianas y grandes empresas (salvando la propiedad individual de las pequeñas y la familiar de las que esencialmente lo sean); la propiedad privada ha de respetarse y, en cualquier caso, debe fundamentarse en la propia naturaleza de los bienes (los de uso y consumo, individuales; las viviendas, pequeños negocios, etc., familiares; los de producción, sindicales o comunales y los de interés social o nacional, estatales); el motor de la economía, el valor del dinero, el derecho al beneficio y la dignidad laboral del trabajador no pueden tener otro fundamento que el del trabajo; nacionalización de los servicios públicos y de los recursos naturales, que por su propia naturaleza no deben ser de propiedad privada; la especulación y la usura deben estar prohibidas; la banca debe ser nacionalizada por tratarse de un servicio público; el mercado no debe ser ni libre ni dirigido, sino intervenido –la “Norma Programática” dice en su punto 11 que “el Estado Nacionalsindicalista no se inhibirá”– en base a una planificación indicativa para evitar las habituales disfunciones de los mercados libres; proteccionismo comercial –al menos de una forma abierta en materia agraria y ganadera, por lo que es deducible que también en materia industrial–; respeto al papel competencial que, también en materia económica, han de tener los cuerpos intermedios (familia, municipio, sindicato, etc.); concepción del trabajo más como un deber que como un derecho; etc.
Una simple lectura de esas propuestas económicas basta para sacar una conclusión similar a la que ya mencionamos en materia agraria y ganadera: el contexto actual ha variado sustancialmente; España ha dejado de ser un país agrario para –tras haber sido durante cierto tiempo esencialmente industrial– ser ahora un país de servicios cuya principal actividad es el turismo; pertenecemos a la Unión Europea y a diversos organismos mundialistas (como la Organización Mundial del Comercio o el Fondo Monetario Internacional) que nos han quitado soberanía (hasta la moneda, pues el Euro no es una moneda nacional, sino una divisa cuya emisión y tipos no podemos decidir soberanamente), etc.
Lo cierto es que estamos asistiendo a unos momentos históricos de la economía mundial en los que es más necesario que nunca que haya una propuesta económica realmente alternativa al decadente y agónico capitalismo actual y al Orden Mundial que se sirve de él para ahogar la soberanía de las naciones (empezando por la económica y monetaria) y así satisfacer más fácilmente sus pretensiones imperialistas, y el Nacionalsindicalismo hoy lo tiene todo para ser esa alternativa real. ¿Por qué? Porque no se limita a proponer parches a lo que hay, sino que tiene una idea global, un sistema total en el que todo tiene su sentido. Sólo el marxismo ofreció en los siglos XIX y XX una aparente alternativa total a la economía capitalista (no entraremos ahora en analizar hasta qué punto era una alternativa al capitalismo o, como sostenemos nosotros, una variante distinta del capitalismo que muchas veces se ha calificado, con mucha razón, como “capitalismo de estado”).
La vigencia o no del Nacionalsindicalismo dependerá de si es o no capaz de dar respuesta a las grandes preguntas clave de nuestro tiempo, que son precisamente las que actualmente nadie es capaz de responder hoy. Estas preguntas y las respuestas que ofrece el Nacionalsindicalismo son: ¿cómo puede sostenerse un sistema económico basado en el crecimiento exponencial permanente, cuando los recursos del planeta son finitos?; no puede, y la situación de crisis actual tiene mucho que ver con eso: es insostenible el crecimiento ilimitado y además destruye ambientalmente el planeta; ¿qué respuesta puede darse a esta situación?; la de una economía como la que propone el Nacionalsindicalismo: eliminación de la economía financiera ficticia, moneda respaldada únicamente por el valor real del trabajo en forma de producción y existencia de bienes y servicios, crecimiento económico y financiero limitado únicamente al crecimiento de las necesidades a cubrir; ¿y cómo hacer rentable una economía en la que las empresas no busquen a toda costa el crecimiento y el incremento de la productividad?; sólo con un sistema monetario libre de intereses, basado en la moneda natural y destinado a un tejido productivo que no necesite pagar dividendos, para lo que es imprescindible cambiar el régimen de propiedad de los bienes de producción, haciendo que los trabajadores sean los dueños de sus empresas (algo que el reciente Premio Nobel de Economía, Olivert Hart, ha demostrado que es técnicamente más eficiente que la propiedad capitalista) a través del Sindicato de Empresa; ¿cómo puede sostenerse una economía alternativa en un mercado mundial cada vez más desregulado?; no puede –como tampoco pueden ya las empresas actuales–, pues la competencia desleal la haría ruinosa, por lo que es necesario volver a levantar fronteras con las que proteger nuestra producción y a nuestros trabajadores, caminando progresivamente hacia la relocalización de la producción y distribución para ganar en eficiencia por la vía de la reducción de costes en esos ámbitos. Es decir, la tendencia de la economía de las últimas décadas –que ha sido la que hacía parecer desfasadas algunas propuestas económicas del fundador de Falange Española– hacia la mundialización, el productivismo a todo trance y el mercado planetario desregulado, con grandes economías de escala y deslocalizaciones de empresas, ha demostrado que es ruinosa e inviable a largo plazo, por lo que justamente cada vez recobran mayor interés y vigencia las propuestas que hacía José Antonio Primo de Rivera en 1935.
Como consecuencia de la situación de crisis sistémica del capitalismo, a estas alturas del siglo XXI tampoco es posible ignorar la creciente influencia de movimientos políticos y sociales de todo tipo, en muchos aspectos distintos y hasta muy distantes entre sí, que, si bien no ofrecen una alternativa real, profunda y sistemática al sistema económico capitalista –como sí hace el Nacionalsindicalismo–, coinciden en reclamar una vuelta a las soberanías nacionales, a la revalorización de las fronteras como garantía de defensa de los trabajadores frente al mundialismo que todo lo arrasa con su fomento de la competencia desleal –empezando por los derechos sociales y laborales que tanto esfuerzo costó conseguir–, a la relocalización de la producción y distribución –frente a la dictadura de los mercados mundiales–, a la producción ecológica y natural –frente a las ingentes producciones de escala, muchas veces a base de productos transgénicos, que hunden precios y mercados–, a la productividad basada en el crecimiento sostenido y hasta en el decrecimiento –frente a diabólica y económicamente insostenible tendencia al crecimiento constante e indefinido, absolutamente inherente al modelo de producción capitalista e insostenible técnicamente a largo plazo–, a la economía real –frente a la financiera y especulativa–, etc.
Vivimos, aunque muchos aún no sean conscientes de ello, una época apasionante de transición y, como siempre sucede en estos momentos históricos, los miopes –ciegos más bien– no son capaces de adivinar el mundo nuevo que viene –enrocados como están en los esquemas de ese pasado que se hunde ante ellos sin darse cuenta– y se dedican a fustigar a los visionarios que proponen verdaderas alternativas como “utópicos idealistas”.
Yo siempre digo que la principal diferencia entre un loco y un genio radica en que el segundo tiene talento (pienso, por ejemplo, en un Dalí, que si no fuera por su talento seguramente se hubiera pasado la vida en un centro psiquiátrico). De la misma forma, la principal diferencia entre un utópico y un visionario radica en que el segundo no propone cosas imposibles, aunque lo parezcan con una mirada superficial, sino realmente rigurosas y factibles –cuando no necesarias–, sólo que tan adelantadas a su tiempo que son tenidas por sus coetáneos como inviables (pienso en algunos de los grandes inventores, como Da Vinci, Torres Quevedo o Tesla, muchos de cuyos inventos sólo fueron entendidos y considerados viables muchos años después de su muerte). En este sentido creo que las principales ideas económicas de José Antonio Primo de Rivera son –no sólo fueron, son– tan visionarias, que aún hoy, bien entrado el siglo XXI, a muchos ciegos y miopes anclados en los viejos esquemas del siglo anterior les siguen pareciendo imposibles de llevar a la prácica, aunque no se sepa explicar por qué, ¡y ello pese a que el futuro cada vez las está poniendo más en valor como alternativa de futuro!
Creo, en definitiva, que ese visionario que fue –y, a través de sus ideas, sigue siendo– José Antonio Primo de Rivera, tenía tanta razón para decir en noviembre de 1935, como tendría para decir hoy –lo que certificaría la plena vigencia de lo esencial de su pensamiento económico– que “esa es la labor verdadera que corresponde a España y a nuestra generación: pasar de esta última orilla de un orden económico social que se derrumba a la orilla fresca y prometedora del orden que se adivina, pero saltar de una orilla a otra por un esfuerzo de nuestra voluntad, de nuestro empuje y de nuestra clarividencia; saltar de una orilla a otra sin que nos arrastre el torrente de la invasión de los bárbaros”.












