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Con motivo del
LXXX aniversario del asesinato de José Antonio Primo de Rivera
(1903-1936), y con el objeto de repensar, conocer y difundir la obra y
doctrina del fundador de Falange Española, desde el Foro Historia en
Libertad hemos pedido su colaboración a una serie de filósofos,
historiadores, periodistas, profesores… En días sucesivos publicaremos
estas aportaciones cuya calidad no dudamos estará a la altura del
homenaje merecido por el hombre que las ha suscitado.
JORGE
GARRIDO SAN ROMÁN (Barrios-Los Corrales de Buelna, Santander) en 1974.
Licenciado en Derecho y Abogado en ejercicio en Madrid. Ex militar (en
activo de 1994 a 2006) actualmente en excedencia voluntaria, accedió por
oposición a la Administración General del Estado como empleado público,
trabajo que compagina actualmente con el ejercicio de la abogacía
(especialmente en el ámbito laboral y sindical). Preside desde el 1 de
mayo de 2008 el sindicato “Unión Nacional de Trabajadores” (UNT), además
de la asociación “Foro Social Manuel Mateo”. También es Vicesecretario
General de “Falange Española de las JONS” desde junio de 2005. Entre
abril de 1995 y septiembre de 1996 presidió el “Sindicato Español
Universitario” (SEU). Miembro fundador de la asociación “Milenio Azul”,
ha sido colaborador de diversos medios de comunicación, habiendo sido
subdirector de los programas de Radio Intercontinental “La Ballena
Alegre” (2006-2008) y “La Piel de Toro” (2007-2008). Aunque ha escrito
varios libros (“El Estado Nacionalsindicalista”, “Juventud y Educación”,
etc.), sólo ha publicado uno: “Manifiesto Sindicalista” (Madrid, 2007,
aunque escrito en 2001).
El 20 de noviembre de 2016 se cumplieron 80 años del asesinato de José
Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española y principal
teórico del Nacionalsindicalismo, efeméride que bien puede servir de
ocasión propicia para la reflexión y el análisis del pensamiento del
líder falangista, así como de su vigencia o no ocho décadas después.
La fecha
histórica del 29 de octubre de 1933, día de celebración del histórico
acto público en el Teatro de la Comedia que daría lugar a la fundación
de Falange Española, marca inevitablemente el arranque de una ideología
cuyos primeros pasos, empero, se pusieron ya en marzo de 1931 (antes de
la proclamación de la II República) con la creación de la publicación
“La Conquista del Estado” (germen de las futuras JONS –Juntas de
Ofensiva Nacional-Sindicalista– tras la unión con el grupo vallisoletano
de Onésimo Redondo, las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica) por
parte de un grupo de jóvenes encabezados por Ramiro Ledesma Ramos. Fue
éste el verdadero precursor y fue en ese año de 1931 cuando se funda
formalmente el Nacionalsindicalismo, aunque en realidad sus
formulaciones iniciales eran más declaraciones de intenciones y esbozos
de programas que un sistema completo de pensamiento, que una ideología
plenamente desarrollada, desarrollo que sólo se produjo de forma parcial
e insuficiente, pero al menos con una visión mucho más completa y
obedeciendo a una filosofía más definida y sistemática, en la época de
Falange Española de las JONS, con José Antonio Primo de Rivera, gracias
al riguroso esfuerzo intelectual y a la enorme capacidad de comprensión y
síntesis de éste. Y si eso era así en términos generales, aún lo fue
más en materia económica, razón por la cual resulta tan difícil, por no
decir que imposible, abordar un tema como el de la economía
nacionalsindicalista sin suscitar ciertas polémicas, fruto del escaso
desarrollo doctrinal de la materia a lo largo de estos 83 años (u 85,
según se compute).
Para empezar
hay que reconocer que la teoría económica nacionalsindicalista fue
simplemente esbozada en la época fundacional, con la notable excepción
de la temática agraria, que era muy importante en aquélla época y que
por ello mereció cierta atención por parte de las JONS primero
(especialmente a causa del interés de Onésimo Redondo en Valladolid,
donde fue muy importante su labor en el sindicato remolachero) y más aún
por FEJONS después, siendo muy grande el empeño que el propio José
Antonio puso en esta materia, tanto por su propia importancia económica y
social para España, como por la estrategia de expansión política
impulsada por él (José Antonio apostaba por priorizar los esfuerzos
políticos falangistas en el ámbito rural –basta con repasar la lista de
lugares donde pronunció sus discursos para comprobarlo–, por
considerarlo moralmente más sano y útil que el ámbito urbano para
regenerar España –lo que obligaba a prestar especial atención a los
problemas específicos agrarios–, mientras que Ramiro Ledesma consideraba
que dichos esfuerzos debían concentrarse en las grandes ciudades y,
especialmente, en las masas obreras entonces dominadas por el marxismo).
Aunque en un
primer momento José Antonio no dio mucha importancia a los problemas
agrarios (como demuestra el hecho de que no haya una sola referencia a
ellos en los “Puntos Iniciales” de Falange Española –ver “FE”, núm.1, 7
de diciembre de 1933–), a medida que perfiló su estrategia de
penetración política en las zonas rurales y tomó conciencia de la
verdadera necesidad de realizar una reforma agraria profunda en España,
diseñó un programa muy detallado y ambicioso que, aun muy resumido en la
“Norma Programática de Falange Española de las JONS” (noviembre de
1934), ocupa nada menos que casi la cuarta parte del programa político
de la organización (6 de los 27 puntos: del 17 al 22), centrándose
básicamente en los siguientes aspectos: establecimiento de un precio
mínimo remunerador para los productos agrarios a fin de garantizar su
rentabilidad comercial, creación de un Crédito Agrícola Nacional para
evitar la usura y el caciquismo, difusión de la enseñanza agrícola y
pecuaria, reordenación de la dedicación de las tierras por razón de sus
condiciones y de la posible colocación de los productos, política
arancelaria en sentido proteccionista, incremento de las obras
hidráulicas, racionalización de las unidades de cultivo, redistribución
de las tierras con propiedades familiares y con sindicación de labores,
política de colonización de nuevas tierras cultivables y abandono de las
estériles para bosque, repoblación ganadera y forestal, expropiación de
tierras adquiridas ilegítimamente y reconstrucción de los patrimonios
comunales de los pueblos.
El paso del
tiempo ha modificado sustancialmente el agro español, en unos casos para
bien (políticas hidráulicas, de colonización de algunas nuevas zonas
cultivables y de concentración parcelaria principalmente, realizadas en
las décadas de los años 40 a 70 del pasado siglo) y en otros para mal, a
causa fundamentalmente del ingreso de España en la Unión Europea
(ausencia de precios mínimos y reducción de aranceles proteccionistas
que están dificultando enormemente la supervivencia de las pequeñas y
medianas explotaciones a causa de la competencia internacional,
supervivencia de los agricultores y ganaderos hoy sólo posible de forma
artificial a base de subvenciones como las de la Política Agraria Común
de la UE, que sirven para compensar el hecho de estar haciendo imposible
la forma de vida agraria por sí misma). A ello hay que añadir nuevas
problemáticas como la de los productos genéticamente modificados (que
ofrecen una mayor productividad a cambio de una enorme dependencia de
las mismas empresas que los suministran y que son normalmente las dueñas
de las patentes genéticas por las que nuestros agricultores han de
pagar considerables “royaltys”) y la proliferación de pesticidas de
última generación (normalmente también generadores de dependencia,
haciendo prácticamente imposible prescindir de su utilización sin perder
una mínima rentabilidad).
En definitiva,
puede decirse que en materia agraria y ganadera el contexto de la
economía española ha variado sustancialmente desde 1934, lo que hace que
el programa presentado entonces no pueda considerarse tal cual
plenamente vigente en nuestros días. Empero, ello no significa
necesariamente que dicho programa –dejando a un lado algunas propuestas
muy concretas– sea inaplicable en sí mismo, sino que lo es si no se
modifica el contexto económico actual (la pertenencia de España a la UE y
los tratados de libre comercio de los que somos –o pronto seremos–
parte impiden muchas de ellas –piénsese en el precio mínimo remunerador o
en la política arancelaria proteccionista–, de forma que para
implementarlas sería preciso abandonar la UE y renunciar a los tratados
de libre comercio).
No obstante, esa aparente falta de vigencia del pensamiento de José
Antonio en materia agraria y ganadera realmente no lo es tanto si se
plantea desde dos perspectivas distintas. La primera, la del aspecto
ideológico. Es decir, analizando no tanto el programa entonces plateado
en cuanto conjunto de propuestas concretas, sino como plasmación
programática de una serie de principios económicos que chocan con los
actualmente vigentes: proteccionismo, producción familiar, explotaciones
de ámbito local e intervención –que no dirección– del mercado
agropecuario. En este sentido los ciclos históricos demuestran que nada
es irreversible, por lo que no todo lo que la mentalidad de una época
considera superado en realidad lo está, y eso sucede, sin ir más lejos,
con procesos que hasta no hace tanto parecían indiscutibles, como el de
la mundialización, de forma que parecía tratarse de un proceso
irreversible hacia un único mercado mundial sin fronteras ni aranceles
proteccionistas, donde los tratados de libre comercio serían la única
norma reguladora –paradójicamente para desregular– y donde las políticas
proteccionistas (como las que defendía José Antonio) pasarían a ser
reliquias del pasado condenadas a la extinción. Sin embargo es
imposible, a estas alturas del siglo XXI, ignorar que ese proceso
empieza a ser cuestionado gracias a la creciente influencia de
movimientos políticos y sociales de todo tipo, en muchos aspectos
distintos y hasta muy distantes entre sí, que coinciden en reclamar una
vuelta a las soberanías nacionales, a la revalorización de las fronteras
frente al mundialismo, a la relocalización de la producción y
distribución, a la producción ecológica y natural, a la productividad
basada en el crecimiento sostenido y hasta en el decrecimiento, a la
economía real, etc. Todo esto no sólo afecta al mundo agrario y
ganadero, sino a la economía en general, haciendo que lo que parecían
propuestas desfasadas y anacrónicas hace unos pocos años, vuelvan ahora a
cobrar cada vez más actualidad y vigencia.
La segunda
perspectiva que permite percibir la vigencia del pensamiento agrario de
José Antonio es la de la posibilidad de aplicación o no de la mayoría de
las propuestas concretas formuladas en 1934 o de su actualización al
presente sin perder fidelidad a los principios anteriores. Así, una vez
que se reconoce que cada vez son más fuertes las tendencias o principios
anteriores en nuestro momento histórico actual, no es difícil concluir
que muchas propuestas concretas de las formuladas en 1934 pueden ser
perfectamente aplicables hoy, una vez actualizadas debidamente, al nuevo
contexto que permite que vuelvan a tener vigencia los principios que
los inspiran. Es el caso de las políticas arancelarias o de precio
mínimo remunerador (fuertemente condicionadas por los tratados de libre
comercio y de la Organización Mundial del Comercio), mientras que otras
como las de repoblación forestal o de enseñanza agrícola y pecuaria
siempre van a ser actuales por no depender tanto del contexto de cada
momento histórico.
Dejando a un
lado los temas agrarios y ganaderos, antes de entrar en la cuestión
económico-financiera e industrial, conviene hacer alguna referencia al
grado de desarrollo doctrinal de FE-JONS en 1936 en lo que a estos
aspectos se refiere, y en este sentido es importante constatar la
evolución que se produce desde el pensamiento inicial de Ramiro Ledesma
hasta el de José Antonio Primo de Rivera en 1936 (en el primero no hay
una evolución significativa, mientras que la del segundo fue muy
importante). O lo que es lo mismo, desde una concepción del Sindicato
como órgano del Estado en el sentido de “sindicato estatal”, a una
concepción nominalmente igual pero con un contenido más próximo a la
idea de “Estado sindical”. Porque aunque los términos utilizados fueran
idénticos, el contenido fue variando con el tiempo, y eso se ve
claramente en los textos referidos al papel que había de tener el
Sindicato en “La Conquista del Estado” por un lado, y en los discursos y
conferencias de José Antonio desde 1935 principalmente. Pero no todo es
tan simple, porque concepciones tan revolucionarias como las que
sostiene José Antonio en su conferencia en el Círculo de la Unión
Mercantil o en Cine Madrid tienen precedentes tan claros como el del
artículo que publica “La Conquista del Estado” en su último número contra el sistema monetario basado en el interés (y firmado nada menos que por Gottfried Feder…).
Así pues, en
1936 nos encontramos con una doctrina económica, el
Nacionalsindicalismo, que sólo puede decirse que está relativamente
desarrollada en materia agraria, pero que tiene aspectos tan importantes
como el del sindicalismo o el del sistema financiero que sólo están
apuntados (el Sindicato como agrupación de todos los trabajadores,
obreros y patronos; propiedad sindical de las empresas de cierto tamaño;
respeto a la propiedad privada cuando se trate de bienes con finalidad
individual; políticas contrarias al rentismo y al interés en general; nacionalización de la banca –y no sólo del crédito–;
etc.). Pero claro, si ya de por sí resulta una contrariedad que estos
principios no estén suficientemente desarrollados (lo que supone
posibilidades diversas de desarrollo, incluso partiendo de la asunción
de los mismos principios), peor aún resulta constatar que hay aspectos
tan importantes como los monetarios que ni siquiera merecieron la
atención de unos fundadores que, las cosas como son, ya tenían bastante
con alzar y mantener alzada la bandera en una época tan convulsa (y en
la que vivieron poco tiempo, muriendo además a edades muy tempranas). Lo
cierto es que, a la vista de los acontecimientos, resulta sorprendente
que encontraran tiempo para estudiar y proponer cosas tan interesantes y
profundas como las que desarrolla José Antonio en el Círculo de la
Unión Mercantil. Sin duda se trataba de personas de una gran capacidad,
inteligencia y talento, cualidades que ya no se encuentran entre los
políticos de la España de hoy, donde sólo los mediocres y los miserables
triunfan por serlo, y es así como obtienen el reconocimiento que jamás
obtendrían por su escasa valía.
Antes de
entrar en el programa económico concreto propugnado por José Antonio
Primo de Rivera, creo que es conveniente mencionar que hay una idea muy
importante resaltada por él y que con el tiempo ha ido ganando en
actualidad: es necesario distinguir al empresario del capitalista
(aunque muchas veces la misma persona realice ambas funciones), pues el
empresario no es sino un trabajador más de la empresa cuya función es la
de la dirección empresarial, mientras que el capitalista es el
propietario del capital, el que obtiene unas rentas (dividendos) no por
su trabajo ni por su aportación de valor añadido, sino únicamente por el
hecho de ser el titular del instrumento técnico de dominación (el
capital, las acciones). De aquí se deduce que, dentro de la unidad de la
empresa, el empresario y el obrero tienen un interés común, y quien
les enfrenta, quien fuerza una situación de intereses opuestos (la
llamada “lucha de clases”), es el capitalista que exige al empresario (o
se obliga así mismo cuando se trata de la misma persona) ver a los
obreros como un mero factor de la producción, y no como la parte humana
de la misma. Ello suponía que, para José Antonio, eran los capitalistas y
usureros de la banca y las finanzas los únicos y verdaderos enemigos no
sólo de los obreros, sino también de los empresarios. Es decir, una vez
distinguido al capitalista del empresario, el enemigo del empresario no
era el obrero, sino el capitalista, por lo que obreros y empresarios
tenían en realidad un enemigo común: el capitalismo. Evidentemente,
semejante conclusión era inaceptable no sólo para el pensamiento
marxista de la época –pues desarticulaba el discurso de la necesidad de
la lucha de clases–, sino también para la mayoría de las doctrinas
conservadoras y liberales (quizá con la rara excepción de alguna
minoritaria que insistía en la necesidad de la mayor cantidad posible de
oferentes para el mejor funcionamiento del mercado libre, viendo en las
propiedades capitalistas grandes y medianas un problema porque
alteraban el funcionamiento equilibrado del mismo, por lo que había que
extender las leyes “anti trusts” lo más posible; así podemos ver en
nuestros días al reciente Premio Nobel de Economía, Olivert Hart,
defendiendo la tendencia a sustituir el modelo retributivo del salariado
por el reparto de la propiedad de las empresas con los trabajadores).
En esta línea, y mostrando la enorme actualidad de ese planteamiento
joseantoniano expuesto magistralmente en la conferencia que pronunciara
el fundador de Falange Española en el Círculo de la Unión Mercantil,
Manuel Funes Robert, economista keynesiano español fallecido no hace
mucho, escribía en “elmanifiesto.com” el 8 de abril de 2008:
“(…) José
Antonio vislumbra lo que yo he llamado lucha de clases en el siglo XXI,
proclamando la inadvertida unidad entre obreros y empresarios, mucho
antes de que la globalización reforzara aquella tesis con la aparición
de la tercera clase, a cuyo estudio he dedicado muchos años.
La lección
de economía de José Antonio que podemos obtener de la famosa y poco
difundida conferencia es que nos ha permitido llegar a una definición
concreta de un fenómeno del que todos hablan y rara vez concretan: el
capitalismo. La aparición del capital constante es ciertamente lo nuevo
del fenómeno, pues si siempre se empleó capital, la manera como se
presenta en la etapa capitalista es económicamente distinta y
políticamente decisiva. El capital constante es la constante del proceso
capitalista. Y por su cuantía, sin precedentes en la Historia, crea la
separación de clases, ya que son pocos los que pueden acumular a título
privado semejante factor. Y al ser insensible ese capital constante a
las oscilaciones de la coyuntura, siembra por paradoja las causas de las
crisis capitalistas y la necesidad de anular y absorber a todo el
sistema productivo anterior con su secuela de explotación del
artesanado.
De forma y
manera que el capital constante crea el proletariado destruyendo el
artesanado. Esta magnifica lección de economía hecha por un joven de 32
años que no era economista hubiera evitado y todavía podría evitar en
las facultades de Economía la fatigosa búsqueda de autores y textos para
no llegar nunca o casi nunca al fondo del tema del capitalismo, como
llegó en 1935 José Antonio.”
Pero es
indudable que el pensamiento económico de José Antonio, pese a ser muy
riguroso y coherente, y pese a poner el dedo en la llaga de aspectos tan
importantes y de tanta actualidad en el siglo XXI, necesitaba ser
desarrollado, pues en apenas dos años de frenética actividad política
era imposible hacerlo. El primero en adentrarse en el desarrollo
doctrinal del Nacionalsindicalismo fue José Luis de Arrese, autor de
libros tan fundamentales como “La revolución social del
nacionalsindicalismo” y “Capitalismo, comunismo, cristianismo”, libros
de obligada lectura y análisis para quienes quieran estudiar la
evolución y los intentos de desarrollo doctrinal del
Nacionalsindicalismo en materia económica, pero que pese a sus buenas
intenciones y sus ortodoxos puntos de partida, acaban sosteniendo una
fórmula mixta en la que subsiste la relación bilateral de trabajo
(posición jurídico-económica dominante del que da trabajo frente al que
alquila el suyo) claramente denunciada por José Antonio Primo de Rivera.
Es importante aclarar, pues, que la obra de José Luis de Arrese sienta
unas bases perfectamente correctas e incluso más amplias que las de la
época fundacional (por ejemplo en el tema de la superación del sistema
de salariado), dado que estudia aspectos inéditos hasta el momento en
trabajos, artículos o discursos de los fundadores. Pero las
circunstancias históricas debieron pesar demasiado como para llevarle a
unas conclusiones plenamente coherentes con ellas y que,
inevitablemente, llevarían a una situación incompatible con la realidad
económica de un régimen que no estaba dispuesto a realizar plenamente la
Revolución Nacionalsindicalista y acabar con la relación bilateral de
trabajo y con el sistema monetario basado en el interés. Eso era
demasiado y Arrese no osó nunca cruzar esa raya (aunque sí se atrevió en
diversas ocasiones a apuntar en esa dirección en algunos de sus
discursos), y esto es algo que no puede olvidarse a la hora de estudiar
la obra de Arrese.
Otros intentos
de abordar el tema, como el de Pascual Marín Pérez y su libro “El
nacionalsindicalismo español y la doctrina social de la Iglesia”, o el
de Dionisio Martín Sanz (especialmente con su libro “La economía de la
productividad ilumina el futuro”) han dado resultados aún peores al
tratar de equiparar el modelo económico franquista con el
nacionalsindicalista, llegándose a afirmar que el capitalista es un
trabajador más, afirmación ésta que nada tiene que ver con el
falangismo. Incluso un defensor tan decidido del modelo franquista como
Carlos Iglesias Selgas, en su libro “El sindicalismo español”, reconocía
que “las fuerzas en presencia no consentían una revolución social de
inspiración sindicalista en la forma en que había sido concebida, en la
última fase de su vida, por José Antonio Primo de Rivera. El “non nato”
sindicalismo vertical se convirtió en un sistema de asociación
profesional de base corporativa” y que “la Organización Sindical es,
pues, un organismo o institución de colaboración. Otra cosa, muy
distinta, es que en el pensamiento de quienes la fundaron latiera
implícita la aspiración a convertirla en instrumento de una
transformación social, cosa que compartimos muchos y que está implícita
en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, que, particularmente
en la última etapa de su vida, aspiró a una auténtica revolución social
que, por circunstancias comprensibles, no se ha llegado a realizar”.
No es momento
aún de discutir lo “comprensibles” de tales circunstancias, pero por lo
menos Carlos Iglesias sí sabe distinguir, y por ello no merece la pena
entrar en el análisis detallado de las ideas desarrolladas por unos
“francofalangistas” que se empeñaban cuadrar el círculo con esfuerzos
necesariamente contradictorios e infructuosos. Sólo el principio
relacionista del trabajo (principio nacionalsindicalista que daba más
importancia y trascendencia jurídica a la naturaleza de la relación de
trabajo que al contrato o la falta del mismo, algo contrario a la
tradición jurídica romana que primaba la autonomía de la voluntad y que
siempre había impregnado el derecho español, especialmente el civil y el
mercantil) puede decirse que tuvo un reflejo claro en la legislación
social de la época e incluso que ha permanecido hasta la actualidad,
pese a la ofensiva neoliberal que pretende desterrarlo definitivamente
de nuestro Derecho Laboral (“las partes han de ser libres para
establecer el vínculo entre sí que les dé la gana y sin que nadie más
tenga por qué intervenir”, suelen decirnos quienes serían capaces de
aceptar incluso la esclavitud en tales casos…).
En cualquier
caso, como apunta Carlos Iglesias, el papel que el Sindicato (unitario y
vertical) debía tener en la economía nacional era fundamental para José
Antonio. Pero no se trataba de disciplinar a los obreros por parte del
Estado utilizando para ello al Sindicato como instrumento (que, a fin de
cuentas, es lo que sería un “sindicato estatal”), sino de hacer
realidad el principio de la democracia orgánica que dice que cada
persona debe tener capacidad para discutir y decidir directamente en los
ámbitos en los que es competente y tiene interés directo (frente a la
democracia inorgánica liberal que teóricamente da ese derecho a todos y
en todos los ámbitos –aunque no se sea competente ni se tenga interés
directo en la materia–, si bien luego, ante la imposibilidad de
materializar esa participación de forma efectiva, se ve obligada a
recurrir al instrumento de las elecciones generales y referendos
ocasionales, sin democracia directa alguna). Para José Antonio el
Sindicato (al que obligatoriamente debían pertenecer todos los
trabajadores, igual que los abogados deben estar colegiados para poder
ejercer su profesión) era el instrumento idóneo de participación del
trabajador en el mundo laboral (especialmente –aunque no sólo– en el
ámbito del Sindicato de Empresa, que sería el titular de los medios de
producción de forma similar a lo que sucede con las empresas
cooperativas –sólo que inserto en una estructura sindical más compleja
que incluiría mecanismos propios de financiación empresarial,
investigación, servicios sociales para los trabajadores, etc.), y además
el Sindicato debía ser órgano autónomo (no independiente) del Estado;
esa autonomía incluiría capacidad de decisión en el ámbito
económico-laboral, de forma que sus decisiones en el ámbito de sus
competencias tendrían la autoridad de decisiones del Estado (por eso se
habla de “Estado sindical”). Y no sólo eso: en el Parlamento nacional
debería respetarse un porcentaje de representación sindical (forma de
encauzar la representación directa de los trabajadores sin necesidad de
partidos políticos), como también de otros cuerpos intermedios (no sólo
la familia, el municipio y el sindicato, como esquemática y
resumidamente decía –sin por ello tratarse de una lista cerrada–).
Evidentemente,
en una economía liberal-capitalista de libre mercado es inaceptable que
el Sindicato pueda asumir un papel económico como el propugnado por
José Antonio Primo de Rivera, pero no debe olvidase que el fundador de
Falange Española quería desmontar el sistema económico capitalista. Es
decir, su propuesta es necesariamente para otro contexto. Por tanto la
vigencia de sus propuestas va necesariamente unida a la viabilidad de la
alternativa económica global que proponía, y fuera de las frases hechas
y de los manidos tópicos que algunos gustan repetir incansablemente
(incluyendo una serie de supuestos males terribles, casi apocalípticos,
que acompañarían a determinadas medidas, aunque no se sepa explicar muy
bien por qué), no hay ninguna razón técnica que demuestre que esos
planteamientos pudieran ser inviables (¿quién no ha escuchado, por
ejemplo, la sempiterna crítica de la supuesta inviabilidad de
nacionalizar la banca antes de que la crisis económica obligara a hacer
nacionalizaciones masivas de bancos en todo el mundo?; eso sí, lo que
decían que era inviable en una situación económica normal ha terminado
siendo la única salida en los momentos de crisis, sólo que con la
perversa intención de nacionalizar la banca en crisis para sanearla con
dinero público y reprivatizarla después, cuando vuelva a ser rentable,
lo que demuestra claramente la falsedad de las afirmaciones acerca de la
supuesta inviabilidad de una banca nacional). No son viables algunas de
sus propuestas de más calado con las actuales reglas del juego, eso es
evidente –exactamente igual que sucedía en 1935–, pero podrían serlo
perfectamente en otro sistema económico diferente, siendo esa
precisamente la tarea que corresponde afrontar a los defensores de las
ideas económicas de José Antonio Primo de Rivera, que somos quienes
estamos llamados a encargarnos de ese necesario desarrollo teórico.
Las
aportaciones más interesantes al desarrollo doctrinal de la economía
nacionalsindicalista se hicieron en las famosas charlas de “La ballena
alegre”, organizadas principalmente por Ceferino Maestú y Narciso
Perales en el invierno de 1964, y, ya en la década de los 90, en
diversos artículos de la revista “No importa” (antes de FEI y después de
FEJONS).
Respecto a
FE-JONS, el I Congreso Ideológico de 1987 no profundizó prácticamente
nada en el tema, e incluso ha servido para introducir no pocas polémicas
fruto de imprecisiones y ambigüedades que debieron evitarse, por lo que
los trabajos más interesantes, aunque poco profundos, en realidad han
sido los publicados en las publicaciones periódicas: “Arriba los valores
hispánicos”, “Libertad”, “En línea alternativa”, “Nosotros”, “Milenio
Azul” y “No importa”. Las conclusiones del I Congreso Ideológico de
FEJONS resultaron tan decepcionantes y contradictorias que estuvieron
lejos de satisfacer adecuadamente la necesaria actualización y el no
menos necesario desarrollo doctrinal falangista, al contrario de lo
sucedido con el magnífico trabajo realizado por la Junta Política de
FEJONS, que vio la luz en mayo de 2014, titulado “Pedimos y queremos”,
aunque lo cierto es que se trata más bien de un programa a corto y medio
plazo que de un desarrollo doctrinal profundo.
Por su
importancia para el futuro desarrollo doctrinal del Nacionalsindicalismo
también conviene mencionar la tendencia actual de muchos economistas
interesantes (ajenos al Nacionalsindicalismo, pero cuyos estudios y
trabajos pueden sernos de una gran utilidad) en el sentido de buscar
alternativas al capitalismo o a aspectos esenciales del mismo. En este
sentido son interesantes las aportaciones de los “socioeconomistas”
–aunque su anticapitalismo es cuando menos discutible– (Amitai Etzioni,
José Pérez Adán, etc.), de los partidarios de la “Democracia Económica”
(David Schweickart, Luis de Sebastián, etc.), de los partidarios del
“Orden Económico Natural” –es decir, de la abolición del interés–
(Yoshito Otani y Margrit Kennedy han sido quienes han hecho algunas de
las últimas aportaciones actualizadas a las teorías de Silvio Gesell y
Gottfried Feder), de los defensores del “decrecentismo” (Serge Latouche,
Carlos Taibo), y otros muchos, entre los que quiero destacar
especialmente al Permio Nobel de Economía del año 2016, Olivert Hart,
quien ha obtenido el citado premio por sus interesantes y profundos
estudios sobre la mayor eficiencia económica de los modelos de relación
laboral que sustituyen el sistema de salariado por el de participación
del trabajador en la propiedad de la empresa (algo que forma parte
esencial de la concepción nacionalsindicalista de la empresa). Pero
aunque todos estos economistas resulten interesantes en alguno aspectos
para el desarrollo doctrinal de los aspectos económicos del
Nacionalsindicalismo, hay que tener en cuenta las disfunciones que
suelen provocar quienes buscan completar y desarrollar las ideas
nacionalsindicalistas partiendo de principios distintos y el “efecto
parche” que se produce en tales casos. De ello se deduce que aún en el
siglo XXI seguirá siendo fundamental para el Nacionalsindicalismo seguir
muy estrechamente el desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia,
fuente indiscutible de inspiración de esta ideología y sin cuyo
conocimiento no puede entenderse la filosofía que lo impregna, aunque
obviamente se trate de cosas distintas (el Nacionalsindicalismo se
inspira en ella y es plenamente compatible con ella, pero no sería de
ninguna manera correcto identificar a la Doctrina Social de la Iglesia
con el Nacionalsindicalismo, una aspiración imposible de la que sólo se
empeñan en presumir algunos pretenciosos).
Ante la falta
de un desarrollo más ambicioso y para intentar dar un paso en esa
dirección, se publicó en 2007 el libro “Manifiesto sindicalista” por
parte del autor de este artículo, último intento y primero del siglo XXI
más o menos profundo de desarrollo doctrinal de la economía
nacionalsindicalista, donde se ha intentado sistematizarlo todo de la
forma más coherente posible y desde la más pura ortodoxia
nacionalsindicalista pero, como ya he apuntado, son tantos los aspectos
que requerían una mayor profundización –o incluso una teorización
completa, como es el caso del sistema monetario–, que las innovaciones
han sido ciertamente numerosas.
En cualquier
caso, la actualización del pensamiento económico falangista expuesto por
José Antonio Primo de Rivera ha de girar necesariamente en torno a tres
aspectos:
En primer
lugar, intentando que las innovaciones no lo sean del todo a fin de ser
coherentes, es decir, que en los tiempos fundacionales ya se hubiera
apuntado algo en ese sentido, aunque no se le hubiera prestado entonces
la atención necesaria. Tal es el caso, por ejemplo, del sistema monetario libre de intereses.
José Antonio lo apuntó implícitamente cuando analizó la esencia del
capitalismo en su magnífica conferencia en el Círculo Mercantil, pero
mucho antes en “La Conquista del Estado” Ramiro Ledesma Ramos ya había
publicado el interesante artículo de Gottfried Feder –ya mencionado
anteriormente– sobre el mismo tema.
En segundo
lugar, procurando que las innovaciones sean consecuencias necesarias –o
al menos lógicas y coherentes– de una serie de principios o propuestas
económicas de ortodoxia probada. En este sentido, por ejemplo, no creo
que pueda considerarse heterodoxa una propuesta de cancelación de la
obligación de pagar una renta por la vivienda en situaciones similares a
las que la Falange fundacional contempló en el caso de la tierra (en
casos de necesidad y como medida de urgencia hasta que se pueda hacer la
reforma necesaria que acabe con el problema). Pero ello tampoco
significa que no pueda haber otras soluciones perfectamente ortodoxas,
por supuesto.
Finalmente, no
puede evitarse que haya alguna innovación sin apoyatura clara en la
ortodoxia fundacional, pues la complejidad de la economía actual está
muy lejos de la de los años 30 del siglo XX. En tales casos habría de
procurarse que las aportaciones se ajusten plenamente a los principios
básicos del Nacionalsindicalismo propugnados por José Antonio y que no
contradigan a ninguno de ellos. Claro que este criterio también es
perfectamente compatible con soluciones distintas a un mismo problema,
por lo que las alternativas posibles pueden ser varias.
Pero, ¿qué aspectos del pensamiento económico de José Antonio Primo de
Rivera, el Nacionalsindicalismo, siguen vigentes en nuestros días? Para
responder a esa pregunta conviene recordar, si quiera sea resumidamente,
los principios básicos de su pensamiento en esa materia: la
sindicalización de la economía nacional (pero no sobre la base del
actual sindicalismo de clase, sino a través de un sindicalismo unitario y
vertical); que sean los propios trabajadores, a través de los
Sindicatos unitarios y verticales, los propietarios de los bienes de
producción de las medianas y grandes empresas (salvando la propiedad
individual de las pequeñas y la familiar de las que esencialmente lo
sean); la propiedad privada ha de respetarse y, en cualquier caso, debe
fundamentarse en la propia naturaleza de los bienes (los de uso y
consumo, individuales; las viviendas, pequeños negocios, etc.,
familiares; los de producción, sindicales o comunales y los de interés
social o nacional, estatales); el motor de la economía, el valor del
dinero, el derecho al beneficio y la dignidad laboral del trabajador no
pueden tener otro fundamento que el del trabajo; nacionalización de los
servicios públicos y de los recursos naturales, que por su propia
naturaleza no deben ser de propiedad privada; la especulación y la usura
deben estar prohibidas; la banca debe ser nacionalizada por tratarse de
un servicio público; el mercado no debe ser ni libre ni dirigido, sino
intervenido –la “Norma Programática” dice en su punto 11 que “el Estado
Nacionalsindicalista no se inhibirá”– en base a una planificación
indicativa para evitar las habituales disfunciones de los mercados
libres; proteccionismo comercial –al menos de una forma abierta en
materia agraria y ganadera, por lo que es deducible que también en
materia industrial–; respeto al papel competencial que, también en
materia económica, han de tener los cuerpos intermedios (familia,
municipio, sindicato, etc.); concepción del trabajo más como un deber
que como un derecho; etc.
Una simple
lectura de esas propuestas económicas basta para sacar una conclusión
similar a la que ya mencionamos en materia agraria y ganadera: el
contexto actual ha variado sustancialmente; España ha dejado de ser un
país agrario para –tras haber sido durante cierto tiempo esencialmente
industrial– ser ahora un país de servicios cuya principal actividad es
el turismo; pertenecemos a la Unión Europea y a diversos organismos
mundialistas (como la Organización Mundial del Comercio o el Fondo
Monetario Internacional) que nos han quitado soberanía (hasta la moneda,
pues el Euro no es una moneda nacional, sino una divisa cuya emisión y
tipos no podemos decidir soberanamente), etc.
Lo cierto es
que estamos asistiendo a unos momentos históricos de la economía mundial
en los que es más necesario que nunca que haya una propuesta económica
realmente alternativa al decadente y agónico capitalismo actual y al
Orden Mundial que se sirve de él para ahogar la soberanía de las
naciones (empezando por la económica y monetaria) y así satisfacer más
fácilmente sus pretensiones imperialistas, y el Nacionalsindicalismo hoy
lo tiene todo para ser esa alternativa real. ¿Por qué? Porque no se
limita a proponer parches a lo que hay, sino que tiene una idea global,
un sistema total en el que todo tiene su sentido. Sólo el marxismo
ofreció en los siglos XIX y XX una aparente alternativa total a la
economía capitalista (no entraremos ahora en analizar hasta qué punto
era una alternativa al capitalismo o, como sostenemos nosotros, una
variante distinta del capitalismo que muchas veces se ha calificado, con
mucha razón, como “capitalismo de estado”).
La vigencia o
no del Nacionalsindicalismo dependerá de si es o no capaz de dar
respuesta a las grandes preguntas clave de nuestro tiempo, que son
precisamente las que actualmente nadie es capaz de responder hoy. Estas
preguntas y las respuestas que ofrece el Nacionalsindicalismo son: ¿cómo
puede sostenerse un sistema económico basado en el crecimiento
exponencial permanente, cuando los recursos del planeta son finitos?;
no puede, y la situación de crisis actual tiene mucho que ver con eso:
es insostenible el crecimiento ilimitado y además destruye
ambientalmente el planeta; ¿qué respuesta puede darse a esta situación?;
la de una economía como la que propone el Nacionalsindicalismo: eliminación de la economía financiera ficticia,
moneda respaldada únicamente por el valor real del trabajo en forma de
producción y existencia de bienes y servicios, crecimiento económico y
financiero limitado únicamente al crecimiento de las necesidades a
cubrir; ¿y cómo hacer rentable una economía en la que las empresas no
busquen a toda costa el crecimiento y el incremento de la
productividad?; sólo con un sistema monetario libre de intereses,
basado en la moneda natural y destinado a un tejido productivo que no
necesite pagar dividendos, para lo que es imprescindible cambiar el
régimen de propiedad de los bienes de producción, haciendo que los
trabajadores sean los dueños de sus empresas (algo que el reciente
Premio Nobel de Economía, Olivert Hart, ha demostrado que es
técnicamente más eficiente que la propiedad capitalista) a través del
Sindicato de Empresa; ¿cómo puede sostenerse una economía alternativa en
un mercado mundial cada vez más desregulado?; no puede –como tampoco
pueden ya las empresas actuales–, pues la competencia desleal la haría
ruinosa, por lo que es necesario volver a levantar fronteras con las que
proteger nuestra producción y a nuestros trabajadores, caminando
progresivamente hacia la relocalización de la producción y distribución
para ganar en eficiencia por la vía de la reducción de costes en esos
ámbitos. Es decir, la tendencia de la economía de las últimas décadas
–que ha sido la que hacía parecer desfasadas algunas propuestas
económicas del fundador de Falange Española– hacia la mundialización, el
productivismo a todo trance y el mercado planetario desregulado, con
grandes economías de escala y deslocalizaciones de empresas, ha
demostrado que es ruinosa e inviable a largo plazo, por lo que
justamente cada vez recobran mayor interés y vigencia las propuestas que
hacía José Antonio Primo de Rivera en 1935.
Como
consecuencia de la situación de crisis sistémica del capitalismo, a
estas alturas del siglo XXI tampoco es posible ignorar la creciente
influencia de movimientos políticos y sociales de todo tipo, en muchos
aspectos distintos y hasta muy distantes entre sí, que, si bien no
ofrecen una alternativa real, profunda y sistemática al sistema
económico capitalista –como sí hace el Nacionalsindicalismo–, coinciden
en reclamar una vuelta a las soberanías nacionales, a la revalorización
de las fronteras como garantía de defensa de los trabajadores frente al
mundialismo que todo lo arrasa con su fomento de la competencia desleal
–empezando por los derechos sociales y laborales que tanto esfuerzo
costó conseguir–, a la relocalización de la producción y distribución
–frente a la dictadura de los mercados mundiales–, a la producción
ecológica y natural –frente a las ingentes producciones de escala,
muchas veces a base de productos transgénicos, que hunden precios y
mercados–, a la productividad basada en el crecimiento sostenido y hasta
en el decrecimiento –frente a diabólica y económicamente insostenible
tendencia al crecimiento constante e indefinido, absolutamente inherente
al modelo de producción capitalista e insostenible técnicamente a largo
plazo–, a la economía real –frente a la financiera y especulativa–,
etc.
Vivimos,
aunque muchos aún no sean conscientes de ello, una época apasionante de
transición y, como siempre sucede en estos momentos históricos, los
miopes –ciegos más bien– no son capaces de adivinar el mundo nuevo que
viene –enrocados como están en los esquemas de ese pasado que se hunde
ante ellos sin darse cuenta– y se dedican a fustigar a los visionarios
que proponen verdaderas alternativas como “utópicos idealistas”.
Yo siempre
digo que la principal diferencia entre un loco y un genio radica en que
el segundo tiene talento (pienso, por ejemplo, en un Dalí, que si no
fuera por su talento seguramente se hubiera pasado la vida en un centro
psiquiátrico). De la misma forma, la principal diferencia entre un
utópico y un visionario radica en que el segundo no propone cosas
imposibles, aunque lo parezcan con una mirada superficial, sino
realmente rigurosas y factibles –cuando no necesarias–, sólo que tan
adelantadas a su tiempo que son tenidas por sus coetáneos como inviables
(pienso en algunos de los grandes inventores, como Da Vinci, Torres
Quevedo o Tesla, muchos de cuyos inventos sólo fueron entendidos y
considerados viables muchos años después de su muerte). En este sentido
creo que las principales ideas económicas de José Antonio Primo de
Rivera son –no sólo fueron, son– tan visionarias, que aún hoy, bien
entrado el siglo XXI, a muchos ciegos y miopes anclados en los viejos
esquemas del siglo anterior les siguen pareciendo imposibles de llevar a
la prácica, aunque no se sepa explicar por qué, ¡y ello pese a que el
futuro cada vez las está poniendo más en valor como alternativa de
futuro!
Creo, en
definitiva, que ese visionario que fue –y, a través de sus ideas, sigue
siendo– José Antonio Primo de Rivera, tenía tanta razón para decir en
noviembre de 1935, como tendría para decir hoy –lo que certificaría la
plena vigencia de lo esencial de su pensamiento económico– que “esa es
la labor verdadera que corresponde a España y a nuestra generación:
pasar de esta última orilla de un orden económico social que se derrumba
a la orilla fresca y prometedora del orden que se adivina, pero saltar
de una orilla a otra por un esfuerzo de nuestra voluntad, de nuestro
empuje y de nuestra clarividencia; saltar de una orilla a otra sin que
nos arrastre el torrente de la invasión de los bárbaros”.